Cuando seamos arcaicos

Pasa y vuelve a pasar: el “teléfono inteligente” sigue funcionando, pero es muy viejo ya para entenderse con el nuevo sistema operativo. Y lo mismo sucede con la computadora: por mucho que la cuides, tardará pocos años en volverse chatarra. Si uno divide el precio del artefacto entre el total de meses que le fue útil, descubrirá cuánto acabó pagando de renta por algo que creía de su propiedad y de un día para otro se hizo humo.

Para quienes venimos del siglo XX, esto es escandaloso. Crecimos habituados a que los aparatos de alta calidad habían de ser durables (y si fuere posible vitalicios, como la dicha al fin del cuento de hadas) y resulta que, amén de ser efímeros, nos van descontinuando lentamente, como un aviso atroz de que su brevedad es parte de la nuestra. Claro que en esas cosas no quiere uno fijarse, y hasta llega a alardear de su dominio de ciertos prodigiosos artilugios, pero basta con verlos en las manos expertas de cualquier colegiala para darse una idea de qué tan cerca está la propia obsolescencia.

Mi padre, que nació cuando aún era joven el vigésimo siglo de la era cristiana, solía interesarse por el funcionamiento de las máquinas. Podía arreglar un reloj despivotado o desarmar el motor de su coche con nada más que paciencia e ingenio. Alguna vez, llegando a la pubertad, quise que me enseñara a manejar y él aceptó con una condición: antes tenía yo que averiguar y explicarle con pelos y señales cómo opera un motor de combustión. Y bien, hasta la fecha sigo sin saberlo, pero ocurre que ahora él tampoco lo entiende porque todo se ha vuelto asunto de robots. La última vez que vio mi cofre abierto, apenas atinó a soltar un suspiro entre fascinado y melancólico, seguido de un pedazo de risa resignada. El gesto de quien vuelve a constatar que el tiempo en el que vive ya no le pertenece.

A los sobrevivientes del siglo pasado nos molesta tener que echar a la basura los armatostes que una vez apreciamos. Decepciona pensar que ya no valen nada, por eso son legión quienes aún conservan las videocaseteras y las televisiones de cinescopio que de todas maneras ya no habrán de encender. Nunca será lo mismo heredar el fonógrafo de tu bisabuela —una reliquia, aunque esté descompuesto— que el último Palm Pilot de tu tía —basura vil hace más de una década—, porque nada envejece a la velocidad de un cachivache del siglo XXI.

Cuando le regalé una iMac a mi padre, tomé la precaución de incluir un libro: iMac for Dummies, pequeña biblia para no iniciados. Algún tiempo después, harto de forcejear con los arcanos de la cibernética, preguntó mi papá, con sorna derrotista, si por casualidad existía algún libro para dummies que ayudara a entender el libro para dummies que le había yo dado. Pues lo cierto es que no tenía la flema, la humildad, el tiempo, la memoria, el estoicismo ni la perseverancia indispensables para encajar la diaria humillación a que el cacharro cruel lo sometía, y acabó por usarlo como rocola. A quince años de aquello, doy por hecho que la iMac de mi padre ha quedado totalmente obsoleta, y entonces me pregunto qué tal se siente un hombre que hace ya tanto tiempo dejó de comprender cómo funciona el mundo y ha de vivir en él como un intruso.

Mi papá no imagina qué tanto hurga la gente en su celular, ni sabría qué hacer si tuviera uno y debiera escanear un código QR. No existe alternativa disponible para quienes no encajan en la era digital, y tal carencia es en sí un abandono apenas diferente del que son objeto los aparatos ya descontinuados. Más temprano que tarde, quienes hoy disfrutamos de tanta novedad habremos de correr la misma suerte. ¿Nadie acaso nos dijo que éramos desechables y teníamos fecha de caducidad?

Este artículo fue publicado en Milenio el 11 de junio 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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