El héroe sentimental

Leemos o escribimos las novelas para hacer nuestro el raro privilegio de mover las fronteras de la realidad, de forma que lo cierto y lo inventado se fundan y confundan y de pronto resulten aún más verdaderos que la verdad misma. No ocurre este fenómeno con la asiduidad que uno desearía, pues depende no sólo de la destreza de quien escribe, sino en particular de los riesgos que asuma al relatar la historia. ¿Hasta dónde es posible estirar las orillas de lo real sin quebrar los cimientos de la narración? Hay un salto mortal en ese intento, y para eso leemos o escribimos, pues si volvemos vivos no seremos los mismos. Este logro infrecuente no es raro en las novelas de Javier Cercas, y ocurre una vez más en la tercera entrega de la serie Terra Alta: El castillo de Barbazul.

Antes que ex presidiario, lector compulsivo, policía o bibliotecario, Melchor Marín es un gran devoto de las mujeres. No por romanticismo ni concupiscencia, sino porque su madre fue prostituta hasta la última noche de su vida y a él le consta que aquello de la “vida fácil” es un agravio más de la infamia reinante, pues lo fácil al cabo fue que la masacraran unos –esos sí– auténticos hijos de puta. Como lector, confío en Melchor Marín por un asunto de complicidad: me deleita que en la comisaría sea reconocido por dar la bienvenida a los maltratadores de mujeres con una zoquetiza memorable.

Al igual que en Terra Alta e Independencia –las dos novelas previas de la hasta hoy trilogía– la trama de El castillo de Barbazul arranca años después del tiempo en que fue escrita. Asistimos así a un 2035 apenas distinguible del momento actual, de modo que la hija del hoy ex policía ya es una adolescente que recién se ha enterado de un secreto punzante y doloroso, cuyos detalles todos creen saber por las novelas de un tal Javier Cercas, famoso por delirante. Y una vez que el autor se toma la regocijante libertad de fagocitar su obra y su persona –práctica recurrente en sus novelas que se radicaliza en la saga Terra Alta– para insertarlas en la nueva entrega, estamos en sus manos y a su disposición. Va a llevarnos adonde se le antoje.

Pese a sus numerosas insuficiencias, Melchor Marín distingue claramente entre la valentía y la temeridad. Asume la primera y evita la segunda, a menudo empujado por un oscuro instinto justiciero que habrá de resignarse a la supervivencia porque le toca ser el héroe de las tres mujeres de su vida. La que lo trajo al mundo, la que fue su mujer y la que procrearon. Fuera de eso y Los miserables –la novela que le destorciera el destino– pocas cosas merecen su atención. Y no puede uno por menos de asumir que, como su personaje, el narrador persiste en ser valiente, pero no temerario. Por eso la novela sigue en pie y uno sigue en la orilla del asiento.

Quienes sean afectos a la obra de Cercas –como es el caso de quien esto escribe– sabrán seguramente de su capacidad para tensar las líneas hasta hacerle a uno entrar en un thriller virtual, tal cual sucede en Anatomía de un instante. No menos conocida es su destreza para jugar con las identidades y constelar de dudas lo evidente, como en El inquilino, El impostor o El vientre de la ballena. Y si a ello sumamos la vocación de intensidad que ya estaba presente en Soldados de Salamina y crece al infinito en La velocidad de la luz, lo que hay en El castillo de Barbazul es una narración apasionada cuyo autor no se cansa de revirar la apuesta con tal de no soltarnos el cogote, al tiempo que alebresta el sentimiento como no suele hacerlo la novela negra. Hay algo de hazañoso en salir vivo y bien de un galope en tal modo accidentado. Lo sé porque aún conservo la carne de gallina.

Este artículo fue publicado en Milenio el 30 de abril 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-03-26/javier-cercas-el-monarca-de-las-sombras-explota-equidistante_1354302/

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