Las tardes del verano

Lo mejor de la infancia eran las tardes. En una sola de ellas cabía infinidad de actividades y hasta la misma holganza te daba la impresión de durar más. Recuerdo con envidia retrospectiva el despacioso avance de las horas, cuando la vida parecía infinita y ya el puro consejo de aprovechar el tiempo sonaba a ñoñería de viejo regañón.

Entonces no teníamos horario de verano. “Las siete de la noche”, solíamos decir y maldecir, porque la tarde nunca llegaba tan lejos y con la oscuridad no solamente se acababa el juego, también se aproximaba la mañana siguiente en el colegio: horas aún más largas, aunque tan calurosas y reglamentadas que a menudo eran tiempo de castigo. ¿Qué no hubiéramos dado los niños de esos años por tener un regalo tan maravilloso como una hora extra por las tardes?

El tiempo nunca alcanza, ya se sabe. La ansiedad más oscura de la edad adulta tiene que ver con su escasez creciente. Cada año que vivimos percibimos las horas un poquito más cortas y tememos administrarlas peor. Si de niños sabíamos perfectamente cómo llenar una tarde completa, hoy que el tiempo se encoge queda una sensación de insuficiencia que termina por saber a derroche. El tiempo se te agota, y para colmo sigues desperdiciándolo.

Cada quien sabe –puede que sea nuestro gran secreto– cuánto tiempo del día dilapida. “Procrastinar”, le llaman, no sin desdén o culpa. Debe de haber centenares de libros dedicados a tratar de remediar el problema del desperdicio del tiempo –la única genuina riqueza a la que puede aspirar un ser vivo–, pero lo único claro es que sigue acabándose delante nuestro sin siquiera el consuelo de haberlo disfrutado. Quiero decir que si alguien me pregunta, he de confesar que antes de escribir una línea me pierdo en toda suerte de divagaciones ociosas, fruto de una tendencia a la gandulería que cultivo desde la tierna infancia, sin que a la fecha me hayan descubierto. Pueden pasar las horas, y de hecho los días, sin que escriba esa línea ni haga algo de provecho, y entonces me pregunto si no todos sabrán la clase de bigardo en que me he convertido. Hasta donde recuerdo, ya pensaba estas cosas en cuarto de primaria.

Uno de los anuncios más espeluznantes del catecismo tiene que ver con el Juicio Final: esa ominosa hora en la que cada quien deberá entregar cuentas de la manera en que invirtió su tiempo. “No confíes en nadie que tenga más de treinta años”, dijo una vez Bob Dylan, seguramente al tanto de que la generosidad de la juventud difícilmente pasa de ese límite. La gente es desprendida con su tiempo mientras lo cree infinito; la madurez supone cierta mezquindad, ante la cercanía de la bancarrota. ¿Y dónde más, si no, se abre la auténtica brecha generacional?

Cada año, entrando abril, los mexicanos recibimos una hora más de luz. Sucede así desde hace un cuarto de siglo: durante siete meses, vivimos tardes inusualmente extensas que de pronto remiten a aquéllas de la infancia y nos dan la ilusión de que el tiempo se queda y nada cambiará y seguiremos siendo los que siempre fuimos. Que las horas son nuestras y no nosotros suyos, que podemos hacer algo para apresarlas.

No sabría decir si en verdad aprovecho el horario de verano, pero igual me contento con gozar de sus tardes oceánicas y asumir, como un niño, que me pertenecen. Asolearse a las siete de la tarde, salir del cine en plena luz del día, tumbarse largamente en el jardín, darse a perder el tiempo hasta recuperarlo… A veces cae la noche, compruebo en el reloj que son más de las ocho y me digo que entonces, a esta hora, eran las siete. ¿Una hora de premio o una hora de gracia? Por donde se le vea, bienvenida. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 02 de abril 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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