El covid de Mauricio

A menudo entendemos las grandes aflicciones y tragedias a partir de pequeñas historias. Todo el dolor del mundo puede caber en un solo relato, aunque no incluya números y datos específicos. Habrá quien nos abrume con cifras y estadísticas de por sí espeluznantes, que ni la más prolífica imaginación logrará ir más allá de las figuraciones de rigor. Si en ninguna cabeza caben los sufrimientos de medio centenar de semejantes, menos habrá lugar para cientos de miles que no vivieron para compartirlos. Por eso viene a cuento la pequeña historia de mi amigo Mauricio.

Nos conocimos hace ya muchos años. Solíamos vernos varias veces a la semana, aunque muy rara vez durante el día porque lo nuestro entonces era la parranda. Debió de ser por eso, aunque acaso también por nuestros respectivos temperamentos, que en la gran mayoría de mis recuerdos lo miro carcajeándose. Alguna vez nos vimos a medio Periférico, me gritó que ese día era su cumpleaños, dejamos los volantes y corrimos a darnos un abrazo risueño, bajo un coro de cláxones furiosos. Nunca lo vi enojado, ni había imaginado su tristeza hasta que me enteré de que estaba muriéndose de covid.

No fui el único amigo que lo buscó, pero tampoco había cómo localizarlo. Como suele pasar en estos casos, debimos conformarnos con preguntar acá y allá por él, al tiempo que le enviábamos mensajes electrónicos que se irían juntando en su buzón sin que nadie los viera. Supe después que estaba “grave, pero bien”. Uno de esos emplastos informativos que procrean más dudas de las que resuelven. “Ya está saliendo del covid, pero ahora tiene encima la neumonía”, me hizo saber más tarde un buen amigo mutuo. No exactamente la mejor noticia, aunque igual uno piensa lo que se le antoja y a mí se me antojó creer que viviría.

Supe que aquella voz era la de Mauricio porque estaba su nombre en la pantalla del teléfono. Sonaba apabullado, por decir lo menos, y era desgarrador el esfuerzo que hacía por contarme su paso por el infierno. Me había dejado un mensaje de voz de veinte minutos, mismo que fui escuchando con la perplejidad horrorizada de quien teme que puede ya mirar lo que escucha. “La enfermedad te ataca a toda hora, por todas partes, no te da tregua ni un maldito instante. Si comía dos bocados, vomitaba, y si no, me venía la diarrea. Además de la fiebre, las migrañas constantes, el dolor en los ojos y un frío más potente que todas mis cobijas y chamarras juntas”.

Dudo haber escuchado un llanto tan profundo como el que le ganaba a mi amigo Mauricio, mientras hacía el esfuerzo de volver a esas noches de insomnio adolorido que pasó batallando por jalar una ínfima bocanada de aire. Y si el agotamiento lo vencía, despertaba empapado en sudor frío y tosiendo como un endemoniado. “¡No mames, que amanezca, por favor!”, suplicaba en silencio, y algunas cuantas veces llegó a la conclusión de que era el fin: “Me voy a morir de esta chingadera”.

Mauricio no tenía un tanque de oxígeno, aunque sí una treintena de medicamentos que le evitaban todo menos las agruras. Tras diez días con fiebre, se enteró que tenía neumonía al 50 % en ambos pulmones, y tratarla le trajo una nueva infección. “¿Puedes comer?”, solían preguntarle, y él apenas lograba responderles que no podía ni levantar la cuchara. ¿Y por qué no se había vacunado? Eso no me lo dijo, ni yo osé preguntárselo en mi respuesta, luego de tanto oírlo resollar y llorar desde un lugar oscuro que mi imaginación no alcanza a dibujarse, como tampoco alcanzan estas líneas para reproducir la voz en carne viva de mi amigo al que siempre vi contento, hasta que regresó de enfrentarse a un horror que muy probablemente nunca más narrará con tamaña elocuencia, si bien seguirá siendo otra historia pequeña cuyo final feliz me permito aquí mismo celebrar. Vaya un abrazo fuerte para quienes, al modo de Mauricio, vencieron a la muerte y aquí están.

Este artículo fue publicado en Milenio el 29 de enero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.webconsultas.com/noticias/dieta-y-nutricion/la-mitad-de-pacientes-intubados-por-covid-19-sufren-disfagia

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