Lágrimas de gatillero

El cartel era rojo y negro, por supuesto, y además de la efigie del guerrillero contenía el texto completo de la famosa carta para sus cuatro hijos. Información bastante, asumía uno, para dar por sentado que el hombre de la boina habría sido un tipo sentimental y acaso conociera de cerca la ternura. Más que mera constancia de admiración, aquel póster clavado delante de mi cama obraba como un breve compendio de creencias más o menos recientes y algo superficiales, así que un día me dije, con el fervor de un sacristán imberbe, que era hora de leer a Ernesto Che Guevara.

Conseguí entre los puestos de la Lagunilla un libro cuyo título contenía un claro guiño a la aventura: Pasajes de la guerra revolucionaria. Me recuerdo leyendo sus primeros capítulos entre la envidia y la fascinación, lleno de una aquiescencia anticipada que yo entendía como requisito para verme a la altura del momento. Quiero decir que habría estado de acuerdo con cualquier gran idea o disparate que el autor expresara en esas páginas, pues ya era en ese punto víctima complacida de lo que Javier Marías llama “efecto tarima”. Tan alto veía al hombre de la boina que tomaba sus líneas por sentencias.

Hablando de Marías, vienen a cuento aquí las palabras de Bertram Tupra, quizá su personaje más descarnado: “Todo tiene su tiempo para ser creído”. No siempre, cuando lee uno lo que lee, está del todo listo para digerirlo. Fue por eso que al paso de los meses me iría creciendo dentro un sedimento de incomodidad, a partir de un conflicto tácito entre el póster (cuyo protagonista invitaba a llorar de la emoción) y el libro (que era prácticamente un manual para asesinar desde la sombra, en nombre de una causa que el odio extrañamente redimía). ¿Cuál de los dos Guevara sería más verosímil, el tierno o el matarife?

Verdad es que aquel libro me dejó en la cabeza una revolución, en parte por el fuero con el que habilitaba a sus lectores jóvenes para dar rienda suelta a la testosterona y hacer a un lado toda misericordia. No negaré que era gratificante devorar esos párrafos salpicados de pólvora y metralla, cuyo autor aconseja esperar al ejército apostado entre árboles y cuevas, de modo que sea fácil liquidar a los miembros de la vanguardia y así cortar de tajo la incursión. Después de algunas cuantas matachinas arteras, ningún soldado querría estar en la vanguardia, y quien lo hiciera iría acobardado, listo para morir como una rata. En esa certidumbre se refocilaba, orondo como un niño que apachurra hormiguitas, el hombre de la carta a sus cuatro hijos.

No hace falta ir muy lejos para concluir que a los ojos del Che los enemigos eran meras fichas a las que había que sacar del tablero, ya fuera a media sierra o unos años después, en el poder, donde podría extender el exterminio ya sin el riesgo de caerse de un árbol. El problema es que cada una de esas “fichas” tendría seguramente padres, esposa o hijos que dependían de él y cuyas vidas nunca serían iguales. Gente que no reunía el menor mérito para contarse entre sus enemigos y no obstante figura entre sus víctimas, sin merecer por ello al menos una cita de pie de página. ¿O será que la mera cercanía con el ajusticiado les hacía de por sí corresponsables y totalmente indignos de piedad, como creían los fiscales nazis? A todo esto, ¿qué clase de valiente se solaza matando por la espalda?

Apenas tienen tiempo los émulos del hombre de la boina para pensar en más víctimas que ellos. Tantos son sus motivos para odiar, y tan gordas son sus cuentas pendientes, que cuando reivindican sus buenos sentimientos abrevan de la misma cursilería que hizo del Che remitente famoso e ícono del Kitsch universal. Parafraseando al autor de Tu rostro mañana, vale decir que todo tiene su tiempo para ya ni de broma ser creído.

Este artículo fue publicado en Milenio el 16 de octubre 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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