La herencia del truhan

¿Son billones, con ‘b’?”, dudaría el agente del FBI, nada más escuchar en el teléfono la primera noticia del fraude más cuantioso de la Historia: 64 mil 800 millones de dólares (64.8 billones, en inglés), evaporados por obra y gracia de un esquema Ponzi sostenido a lo largo de cuando menos 20 años de cultivar la fe en lo inverosímil. Era diciembre de 2008. Para junio del año siguiente Bernard Madoff, cerebro y principal ejecutor del tremebundo engaño, era sentenciado a 150 años de cárcel.

Hace tres días que murió el preso número 61727054 del Complejo Correccional Federal de Butner, Carolina del Norte, y hasta entonces uno de los hombres más solitarios del mundo. Y no era para menos, si Bernie Madoff hizo sus clientes —luego entonces sus víctimas— no solo a una legión planetaria de incautos, sino también a amigos, familiares y hasta los mismos padres de su abogado: gente que le confiaba su dinero y a cambio recibía cada mes suculentos estados de cuenta que acreditaban réditos inalterables, supuestamente fruto de transacciones muy sofisticadas, todo falsificado y maquillado de modo que a ninguno le viniera la estrafalaria idea de que en la realidad no tenía cuenta, ni dinero.

Según Diana Henriques, autora de El mago de las mentiras —el libro que más tarde la cadena HBO convirtiera en largometraje, con Michelle Pfeiffer y Robert De Niro como Ruth y Bernie Madoff—, todo esquema Ponzi se reduce a un mentiroso con una cuenta bancaria: despojas a Pedro para pagarle a Pablo, y así hasta el infinito.

Demasiado a menudo, sin embargo, las grandes víctimas de los criminales son sus seres queridos. Hace más de 10 años que corren las historias desgarradoras de esos Pedros y Pablos que jamás se atrevieron a poner en duda la integridad del hombre que los hizo creer prósperos y seguros (¿quién, que se piense rico, soportaría oír otra opinión?), pero hay que ver la suerte a que Bernie Madoff condenó a Mark, Andrew y Ruth Madoff —los dos hijos, la esposa—, que como sus clientes y buena parte de su personal se creían protegidos a la sombra de un genio financiero, y un día despertaron a la peor pesadilla imaginable: toda su vida era una falsedad.

¿Hasta dónde es capaz de llegar un hombre que prefiere vivir en la mentira antes que acreditar el más mínimo error? A los 24 años, Bernie Madoff arruinó a varios de sus primeros clientes, tras arriesgar de más con su dinero, pero logró ocultarlo gracias a un oportuno préstamo de su suegro. “Algunos simplemente sentimos el mercado”, alardearía décadas después, para explicar sus buenos resultados aun en tiempos de crisis. Y mientras sus clientes más acaudalados se dejaban hechizar por el monitor detrás de su escritorio, que desplegaba allí, “en tiempo real”, las transacciones en curso, un colmilludo empleado producía esos números en un teclado desde cierta oficina contigua. Ya en la cárcel, confesaría el pícaro la que bien pudo ser su razón más profunda: “No podía yo aceptar el hecho de que por una vez en mi vida había fallado.”

Cuenta el libro de Henriques que en sus años adolescentes Ruth Alpern tenía una gracia digna de Goldie Hawn. Novia de Bernie desde los 13 y casada a los 20, decidió acompañarlo aun en la ignominia. Calumniada, vejada y humillada cada día, perseguida por medios, fiscales y acreedores, odiada por la vida de lujos que llevó, repudiada inclusive por sus hijos (“¿cómo puedes hablarle a mi papá?”), confiscados hasta sus calcetines (literalmente), la hoy viuda de Madoff encajó en 2010 el suicidio de Mark, que se colgó en la sala de su departamento con la correa del perro, y en el 2014 la muerte de Andrew, a causa de un linfoma recurrente.

Ruth cumplirá 80 años el próximo mes. Tendría que ser la heroína de esta historia, solo que en ella no caben los héroes. Me temo que es momento de quitarse el sombrero.

Este artículo fue publicado en Milenio el 17 de abril de 2021, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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