La suerte del confinado

Hace unas pocas noches, en tanto me esforzaba por gozar del privilegio del aburrimiento, brotó súbitamente de la televisión una de esas sentencias contundentes que lo dejan a uno entre patidifuso y fascinado, en boca de un ambiguo personaje —Saul Berenson, interpretado por Mandy Patinkin para la serie Homeland— que trabaja de espía en la Agencia Central de Inteligencia. Interpelado a causa de la amoralidad propia de su quehacer, el hombre se defiende con un axioma crudo y contundente: “Somos los nadies de la tierra de nadie”.

Hemos de ser enjambre planetario quienes por estos días recurrimos a series kilométricas y novelas de interminable aliento para hacer llevadero el encerrón que nos aparta del resto del mundo. El contexto no ayuda, por lo pronto, aunque a veces funciona a manera de hipérbole y confiere a las cosas un sentido distinto al esperable. Vea uno lo que vea y escuche lo que escuche, lo común por ahora es aplicarle el filtro de la pandemia y agregarlo a su lista de pesares vigentes-por-inciertos. Más allá, pues, de Homeland y sus ejecutivos del sobresalto, no pude ya evitar caer en cuenta de la legión de nadies que por obligación anda allá afuera, en la tierra de nadie que es la calle.

Se les ve con horror, lástima o extrañeza desde el confort tedioso del confinamiento. Ya sea porque tienen una urgencia, o porque las carencias los echan a las calles, o porque su trabajo exige el sacrificio del riesgo permanente, han de vérselas con la realidad a la que los demás hemos vuelto la espalda. La prudencia, en su caso, es lujo inaccesible y les toca lidiar con la fatalidad, cual si viesen venir un huracán sin al menos un árbol para guarecerse. Pero tal sería apenas el principio, porque si hacemos caso a las estadísticas notaremos que el riesgo de morir es menor que el peligro de matar. Incluso el personal hospitalario —y ellos especialmente, ya que las precauciones oficiales son, por decir lo menos, inconsistentes— se arriesga a contraer y transmitir el virus. Tan sólo imaginemos la tensión nerviosa con la que se trabaja en esas circunstancias.

Se nos pide, con sobrada razón, que no contribuyamos a la histeria, pero las horas huecas dejan mucho terreno a la especulación y de Europa no llegan las mejores noticias. Subimos lentamente por los rieles de una montaña rusa que creemos saber destartalada —“ojalá me equivoque”, es el mantra obligado entre los pesimistas— y cada día seguimos, indecisos de pronto entre morbo y horror, los acontecimientos en Italia y España —países con mejor infraestructura y menos habitantes en total— como quien pone a remojar sus barbas y aguarda a que un milagro suprima lo inminente.

Veremos en las próximas semanas —a distancia, eso sí, aunque no a salvo de pagar consecuencias a través de personas acaso tan queridas como inalcanzables— ejércitos de nadies combatir a la parca cuerpo a cuerpo y en total desventaja. Gente que irá y vendrá sin distinguirse mucho de los contagiados y muy probablemente no será bienvenida más allá de sus áreas de trabajo, porque en tierra de nadie no hay quien aspire a ser la mitad de alguien.

No falta quien se queje del encierro —tarde o temprano todo el mundo rezonga, así sea por mera ociosidad— pero basta asomarse a la ventana, con la reserva de una doncella pueblerina o el horror de un cobarde ante el patíbulo, para asumir que es uno afortunado con su tedio y su miedo y su buena conciencia porque sabe que nada puede hacer, más allá de cerrarle el paso al infortunio en la triste medida de sus capacidades. Una incomodidad meramente anecdótica que en nada se compara con la segregación que en tiempos peores que estos han sufrido millones de infelices. ¿Quién, que se vea forzado a morir solo, no lo daría todo por vivir aislado? 

Este artículo fue publicado en Milenio el 28 de marzo de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://elpais.com/cultura/2018/05/01/television/1525186256_618187.html

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