La casa

En ocasiones ser genio no basta. Para consagrar la primavera se necesita ser ruso y para reinventar el hielo ser caribeño. Desde su frase inicial, Cien años de soledad revela que la magia no proviene de lo sobrenatural sino de la manera de mirar la realidad. Quien conoce los agobios del calor sabe que el hielo es un prodigio.

García Márquez llegó a México en 1961, el día en que Hemingway disparó su último balazo. Había renovado el periodismo en Barranquilla, Cartagena y Bogotá, pero nadie lo sabía. En los siguientes cuatro años se consolidó como cuentista y novelista, pero también eso se mantuvo en secreto. Cuesta trabajo entender que Relato de un náufrago aparecía en el periódico sin el nombre del autor y que El coronel no tiene quien le escriba circulaba como una obra maestra clandestina.

García Márquez sobrevivía escribiendo guiones de cine. El mejor de ellos, Tiempo de morir, fue filmado por Arturo Ripstein en 1965. Por primera vez el novelista cayó en peligro de éxito. El reconocimiento que no obtenía en sus libros acaso podía llegar con el cine. Para librarse de los fantasmas de quien comulga en el altar equivocado, decidió escribir una novela “contra el cine”, una saga tan vasta que sería imposible filmar.

La historia de Cien años de soledad ha sido contada tantas veces que ya pertenece a los mitos de fundación. Álvaro Mutis le regaló a García Márquez un ejemplar de Pedro Páramo, con esta frase perentoria: “Tenga para que aprenda”.

Rulfo despliega las posibilidades del tiempo circular que se proyecta al futuro para incluir el pasado: “El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto”. La primera línea de Cien años de soledad se sirvió de ese recurso, pero faltaba el aliento que sostuviera las siguientes páginas.

En la carretera a Acapulco, mientras llevaba a su familia de vacaciones, García Márquez descubrió que el tono de su obra debía ser el mismo que su abuela usaba para describir raras causalidades (cuando llegaba el electricista, aparecían mariposas) y para entender lo cotidiano como una mitología donde cada anécdota era vista como un suceso remoto, puesto en entredicho, olvidado y recuperado con asombro. García Márquez dio la vuelta en U más famosa de la literatura y regresó a escribir su novela. Podemos imaginar el estupor de su esposa Mercedes y sus dos hijos ante ese inesperado golpe de timón.

Durante 18 meses el escritor no salió de su estudio en Calle de la Loma 19, San Ángel Inn. Contaba con el apoyo de hierro de Jomi García Ascot y María Luisa Elío, a quienes dedicaría la novela, y de su insólito casero, Luis Coudurier, quien no firmó contrato de arrendamiento porque confiaba en la palabra de un autor capaz de renovar el lenguaje pero no de pagar la renta. Mercedes Barcha demostró que no hay mejor valor de cambio que la simpatía y convenció a carniceros y panaderos que le fiaran hasta que su esposo pusiera el punto final. Llegado ese momento, ella pronunció la frase célebre: “Ahora sólo falta que la novela sea mala”.

La precariedad de los García Márquez se confirmó en el correo. El manuscrito debía ser enviado a editorial Sudamericana, en Argentina, pero sólo les alcanzó para mandar la mitad. Por desgracia, empacaron la segunda parte, lo cual hizo que el editor Paco Porrúa exclamara: “¡No sé si el autor es un genio o está loco!”. Los lectores resolverían la disyuntiva.

Laura Coudurier, hija del benemérito casero de los García Márquez, ha decidido entregar la casa de Calle de la Loma a la Fundación para las Letras Mexicanas. En los cuartos donde se imaginó Macondo, otros escritores podrán escribir novelas sin apremio.

La generosidad de la familia Coudurier es también un acto de justicia poética, pues la novela se iba a llamar La casa (García Márquez cambió el título cuando supo que su amigo Álvaro Cepeda Samudio publicaba La casa grande).

El editor Diego García Elío, hijo de Jomi y María Luisa, cuenta que en sus tiempos de pobreza heroica, García Márquez decía a sus hijos Gonzalo y Rodrigo que un hombre, que le debía mucho dinero, llegaría a la casa vestido de negro con un maletín cargado de billetes. La leyenda agrega que al cobrar sus primeras regalías, García Márquez le pidió a una persona se presentara con el esperado maletín.

Gracias a Laura Coudurier, a la Fundación para las Letras Mexicanas y a los efectos de una novela excepcional, la casa en Calle de la Loma 19 volverá a ser literatura.

Este artículo fue publicado en Reforma el 28 de febrero de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

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