Bárbaros de confianza

¡No sea usted ignorante!”, respingaba la gente en otros tiempos siempre que algún audaz desinformado soltaba un desatino por argumento. Ya fuera que se usara de manera agresiva, despectiva o lastimera, el término aludía a una condición de por sí vergonzosa, puesto que en esos años no se había enseñado la ignorancia a ostentar su precaria condición como una suerte de medalla al mérito. Entre tanto vivales con estudios, se ostenta el ignorante —y el necio, y el inepto, y el gandul— como gente-de-fiar.

Dar por hecho que el torpe y el ignaro son de por sí incapaces de robar es calumniar a la inteligencia, que a través la historia ha acreditado infinitamente más logros que fechorías. Pues no es del intelecto, sino de su abandono que al mundo entero le urge protegerse. ¿Pero cómo va nadie a verse a salvo de la ignorancia y la estupidez, si se ha puesto de moda relativizarlas, cuando no concederles el privilegio del aplauso fácil? Verdad es que cada uno tiene sus lagunas, pero apenas parece concebible que un redactor se enorgullezca de su mala sintaxis o un administrador de no saber hacer las cuentas básicas. Enormes despropósitos que moverían a risa si fueran la excepción y no la norma.

La masa aplaude a malos oradores, a veces con más ganas que a los buenos, porque asume que atrás de su torpeza debe haber una dosis de sinceridad que los otros, escandalosamente mejor preparados, seguramente hubieron desechado en su camino hacia la podredumbre. ¿No es casualmente el diablo quien se las da de sabio? Nada hay más fácil para el ignorante que sentirse seguro de todo cuanto le acomoda creer y repetir, toda vez que esa clase de certezas gratuitas no nada más sepultan sus complejos, sino encima le dan aceptación social entre otros jactanciosos que tampoco se sienten urgidos de saber en dónde están parados.

La ignorancia supina suele ser audaz, pero no por honesta sino por farsante. Mal podría uno creer que quien jamás estudió medicina tendrá éxito al hacerse pasar por cirujano, y por supuesto nadie en su sano juicio pondría sus preciadas entretelas en manos de tamaño barbaján. Quien acepta o procura un trabajo que le exige saber lo que no sabe (peor tantito “con buenas intenciones”) es aún más bandido que los que se corrompen sobre la marcha, pues ya desde el principio cobra por engañar y muy probablemente esos embustes saldrán mucho más caros que su sueldo.

La falsa suficiencia del ignorante ufano es hija de una envidia que se multiplica dondequiera que exista tierra fértil para la siembra pronta de rencor. Puesto que si ellos saben lo que el gentío ignora, no será cosa rara que los desprecien, ni les será difícil entramparles en su palabrería. ¿Qué les hace creer que son tan necesarios, si de lejos se ve que su trabajo es simple y cualquiera lo puede replicar? Y ahí empieza el problema, puesto que el ignorante habilitado todo lo ve de lejos y de prisa. ¿Quién querría derrochar tiempo y dinero en un especialista?

No pocos delincuentes son grandes ignorantes, amén de perezosos redomados o incluso, por qué no, estúpidos notorios. Gente que no se tiene mucha fe, de modo que confunde fácilmente pereza con ingenio, chiripa con destreza o ciencia con creencia. Pueden pasar veinte años en la cárcel sin dejar de pensarse más listos que el común de los mortales, porque así es la ignorancia: no soporta mirarse en el espejo, cuantimenos que algún sabiondo la señale. Como esos bravucones impertérritos a los que nadie osa contradecir, espera el ignorante empoderado que el silencio aquiescente o el aplauso rotundo coronen sus palabras, sobre todo si escupe disparates y existe el riesgo de ser exhibido. ¿Pero eso a quién le importa, finalmente, si entre tantos orondos papanatas siempre queda algún culto a quien linchar? Duro con el sabiondo, no faltaba más.

Este artículo fue publicado en Milenio el 15 de febrero de 2020, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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