Amor pirata

Me he enterado con sorpresa que en países más rotundos que el nuestro hoy sólo se celebra el Amor. ¿Por qué nosotros agregamos la Amistad? Dedicaré las siguientes líneas a este misterio.

Lo primero que me viene a la mente es que los mexicanos nos especializamos en lidiar con el fracaso. Son tantas las circunstancias en las que el triunfo nos queda lejos que acabamos prestigiando la derrota y, hay que decirlo, la amistad es un premio de consolación para el amor, su expresión pirata. El 14 de febrero nivela dos cosas muy distintas: aunque sólo tengas la que te interesa menos, puedes brindar.

La fiesta dual estimula la ambigüedad y la indecisión, actitudes tan socorridas que ya califican como “nacionales”. Si invitas a alguien a comer o a cenar hoy, no necesariamente propones un encuentro pasional; tanteas el terreno y, según las reacciones, celebras el día de los novios, el de los amigos que aún confían en un upgrade sentimental o el de los resignados “amigos para siempre”.

Borges señaló que una de las diferencias entre el amor y la amistad es que el primero requiere de frecuentación. Nadie que ame dice: “nos vemos en dos meses”.

La reflexión de Borges se refiere a la vida adulta. En la infancia y la adolescencia la amistad debe ser continua. En la escuela envidiábamos a los que tenían hepatitis y pasaban un mes comiendo dulces, lejos de clases. Sin embargo, cuando volvían al salón, descubríamos que habían pasado por el infierno de estar al margen y prefiguraban el auténtico sentido de la muerte: se habían perdido de anécdotas y chistes decisivos.

Con los años eso cambia. Dejas de ver a tus compañeros pero en cualquier momento puedes recuperar el trato, y si pasa demasiado tiempo… ¡ahí está el Día del Amor y la Amistad para organizar encuentros de generación!

Otra diferencia entre los niveles del afecto es que la amistad no necesita expresarse. En cambio, el amor debe ser dicho. La amistad no se declara o sólo se declara cuando la cantina ya va a cerrar, llegan las copas del estribo y uno de los comensales exclama: “¡los quiero un…!” y agrega la grosería que más lo conmueve. ¿En verdad describe lo que siente? Por supuesto que no: eso sólo significa que está borracho.

El amor, por el contrario, exige serenatas, sonetos, globos en forma de corazón, expansiones del alma. Si el globo se poncha como un símbolo del desencanto, queda ese repechaje de las emociones: la amistad.

Pasemos ahora a un concepto que pueblos menos complejos consideran un defecto y que hemos exaltado en virtud. Me refiero a la hipocresía.

Aunque la tradicional amabilidad mexicana está en proceso de extinción, nuestra vida no ha dejado de ser un barroco teatro de la mirada. De pronto alguien nos mira con “ojos de pistola” o, peor aún, se nos “queda viendo”. Habitamos uno de los pocos lugares del planeta donde es terrible “quedarse viendo”. Nuestros ojos sirven menos a la óptica que a la suspicacia (a tal grado que muchos mexicanos estamos convencidos de que los exámenes de la vista transmiten mensajes en clave).

“Te vimos con Fulanito”, dicen las amigas. Eso lleva a una importante distinción semántica. Hay cosas que ves y cosas que tienes que decir que viste. A la segunda categoría pertenecen las revelaciones y los escándalos; es decir: “Fulanito”.

En un país donde la sospecha se reparte como el maíz, el Día del Amor y la Amistad permite que una cosa parezca la otra: te pusiste tus pantalones de la suerte para ir a la cita, pero, si la discreción lo requiere, puedes pretextar amistad, el tranquilizador Lado B del festejo.

Los grandes especialistas del amor (hombres blancos a los que les fue de la patada) han escrito libros en los que la pasión cumplida incluye la amistad. ¿Sucede al revés?, ¿hay atracción en la amistad? Por supuesto que sí, sólo que no pasa directamente por el erotismo sino por sus formas sublimadas: la ropa, el equipo de futbol, el coche, las convicciones y, en casos de peligro, la pareja ajena.

El amor y la amistad son magníficas maneras de complicarse la vida. En nombre de estas intrincadas virtudes se cometen abusos reprobables que no dependen del afecto sino de su negación: del poder para acosar y la impunidad para encubrirlo. El amor se debe declarar y el abuso se debe denunciar. En medio queda la amistad, forma pirata de la emoción que toma y reparte sin decir su nombre.

Este artículo fue publicado en Reforma el 14 de febrero de 2020, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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