A caballo

El año empezó como un caballo galopante, a toda velocidad, con el aire soplando en los oídos, la adrenalina a lo que da, lo fresco del aire, el calor del sol, y con mucho miedo de perder el control (si es que uno va arriba del caballo). ¿Cómo lo sé? Porque vengo de galopar. Mientras me tomo un café y disfruto un cuadrito de chocolate, reflexiono en los primeros 15 días del año. No sé en qué momento pasaron y por otro lado, si me dijeran que estamos en marzo, me la creo.
Empecé la nueva década con una lista de 20 cosas que quiero hacer en el año. No es una lista ambiciosa, algunas cosas son tan sencillas como sólo preguntar una vez las cosas, colorear o ir al dentista (no tan fácil). Otras son divertidas como varios retos de lectura que tengo y proyectos con amigos. Además de mi lista escogí un tema para el año: juntos. Quiero hacer más cosas con gente, amigos, familia. Soy ermitaña de naturaleza y trabajar desde casa no ayuda.
Por otro lado, es importante también saber cómo terminé el año. Y eso fue con un libro en la mano que me ha inspirado como pocos en la vida. Este libro nos explica que todo se puede, todo tiene solución (menos la muerte) y que con un poco de creatividad podemos lograr lo que queramos. Lo divertido es que no sólo te dice que lo hagas, te explica como. Así que sobra decir que cuando empezó la cuenta regresiva y me tragaba (porque no hay de otra) las 12 uvas de la medianoche del 31 de diciembre, yo estaba lista, para todo.
Y así fue como acabé pasando un par de días en un rancho con una amiga galopando sin haberme subido a un caballo desde hace unos… ¿15 años? Y sobre todo… sin saber montar. La primera clase fue un completo engaño. Yo sólo dije que me quería subir a un caballo (para la foto obvi). El caballerango me paseó y me llevó a donde entrenaba mi amiga (cabe destacar – experta). Yo pensé que era un lindo paseo y que daríamos un par de vueltas y estaría de regreso en el piso, sana y salva. Veinte minutos después: yo, a media clase, trotando sobre un caballo.
Aprieta las piernas, endereza la espalda, mira hacia el frente, respira.
Mi maestro no se cansó de recordarme durante toda la clase que respirara. Porque resulta que mientras yo me concentraba en todo lo que tenía que hacer (para no morir) literal dejé de respirar. No una, varias veces. Roja, sudando y con las piernas temblando pensé que ya había acabado. Estaba feliz, extasiada, había vencido mis miedos. Hasta que me dijo: ahora te vas a parar sobre el caballo.
¿Qué?
Yo sólo pensaba en uno de los videos de Taylor Swift en el que sale parada sobre un caballo blanco, pensé que eran efectos especiales. Le dije que no, que no me sentía lista. Y mientras empezábamos a regresar a las caballerizas, me acordé de mi libro, del papá de mi amiga que dice: cómo de que no y logra cosas irreales y de mi amiga que seguía trotando sobre un caballo a un par de metros que siempre dice: claro que puedes.
Ésperate, sí puedo. Y mi maestro me contestó: claro que puedes. Me paré sobre el caballo y mientras respiraba le gritaba a mi amiga que me tomara una foto (para el Insta, la foto del año). Nunca me escuchó y decidí que vivir era más importante que una foto, así que me volví a sentar sobre La Bala y juntas terminamos la clase. Me bajé eufórica y sin evidencia. Al siguiente día me ofrecieron pararme sobre el caballo para que ahora sí me tomaran la foto, pero ya no lo necesitaba. Porque no necesito que nadie más, más que yo, se acuerde de que me paré sobre un caballo. Y si puedo hacer eso, puedo hacer todo.
Saludos galopantes,
La Citadina.

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