Cinco siglos de odio

Queridos dodecabuelos,

Perdón que sea hasta hoy que les escribo, pero ya ven que el paso de los siglos tiende a alejar hasta a los consanguíneos. Considerando, aparte, que entre ustedes y yo se interpone la cuarta parte de la era cristiana, aceptemos que es tiempo suficiente para plantar distancia entre nosotros e imponer ciertos límites a la calidad de esta comunicación. Nada sé, por ejemplo, de sus nombres, famas, pintas o fortunas, aunque según mis cálculos me dirijo a algo así como 16 mil de mis antepasados. Puede que sean más (en cuyo caso escribiría quizás para 128 mil pentadecanietos) pero no es mi intención hacerles sentir viejos. Dejémoslo en sólo dieciséis millares.

Mil seiscientas decenas de personas son más de todas las que uno recordará a lo largo de su vida. Nunca sabré cuánto de bueno o malo hicieron unas y otros de ustedes por aquí, pero ya dudo que aquellas acciones afectaran siquiera a sus hexanietos —es decir, los abuelos de mis choznos—. Y al no saber su origen, ni su naturaleza, ni estar en posición de reclamar, me sentiría más ridículo aún en el papel de juez que en el de remitente. ¿O no es verdad que este solo ejercicio invita a regatear la cordura de quien lo realiza?

El problema es que soy, igual que ustedes, producto de una época difícil de entender. Sé tan poco, además, de mi árbol genealógico, que ni estirando a tope el pedigrí llegaría a la mitad del siglo XIX. Y aun si lo consiguiera y lograra reunir una lista completa de sus nombres, acompañados de una breve semblanza, dar siquiera una ojeada de un minuto a cada uno de ellos supondría invertir diez días con sus noches —¡240 horas!— en un empeño árido e inútil. No quiero ser grosero, pero no tendría tiempo de revisar siquiera la décima parte. Y seguiría en las mismas, por cuanto a ustedes toca. Lejos está, además, semejante quimera de invadir las fronteras de mi incumbencia. Les he dicho “queridos” porque así nos llamamos los por ahora vivos, pero no se lo tomen muy a pecho. Somos extraños, desde y para siempre.

Si ustedes, y en concreto sus espíritus, andan aún por ahí, así sea en modesto porcentaje, encontrarán mi época repleta de esta clase de despropósitos. A uno le gusta sentirse moderno, jactarse de vivir al día con sus tiempos, y no obstante hay detrás un diablo primitivo que insiste en empujarle de regreso al medioevo. ¿No les parece raro, por ejemplo, que aun a cinco siglos de distancia haya quienes se empeñan en hablar pestes de sus lejanos ancestros y hasta culparles de sus infortunios? No a todos, por supuesto, pues ocurre que la memoria nacional les ha reunido en dos grandes equipos: la raza de bronce, los blancos-y-barbados. Los buenos y los malos, whatever happens. Y si esto les parece una idiotez, imaginen la variedad de híbridos que cinco siglos de mestizaje han debido arrojar. Pretender que después de tanto tiempo existen razas puras por aquí —peor todavía: conceder importancia a ese detalle— es formarse en la fila de la infamia y pasar lista entre los locos peligrosos.

Es curioso apreciar los avances de la ciencia a lo largo del último medio milenio, y encontrar que los odios ancestrales siguen aún vigentes. Gente que a varios siglos de distancia se siente aún agredida y sojuzgada por sus antepasados, y de ello culpa al resto de la estirpe. Gente que te aborrece ya no por lo que has hecho, si no por lo que eres. Por existir, nomás. Por atreverte a respirar su aire. Sé que muchos de ustedes se hicieron, como ahora decimos, una lista infumable de chingaderas, y las más de las veces no se amaron los unos a los otros. Pero de ahí a quinientos años de rencor gaznápiro y abstracto tendría que haber distancia, aunque fuera en el hombre de la cordura que todavía hoy sigue escaseando. No les extrañe, pues, que les escriba. Es síntoma de mi época, que le vamos a hacer.

Este artículo fue publicado en Milenio el 09 de noviembre de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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