De ingenio y misoginia

En alguna medida todo el mundo padece y a su modo supera la época que le toca, aunque no esté consciente en su momento, ni sepa condenarla como tal o imaginar un mundo diferente. Es décadas después, a la luz de una lógica distinta, que lo que fue normal nos resulta difícil de tragar, cuando no lo juzgamos francamente monstruoso y hasta nos preguntamos cómo es que los antiguos no se insubordinaron contra tanta ruindad. Más allá, sin embargo, de la comodidad del juicio retroactivo —que suele ser ocioso, amén de ñoño— cabe apreciar la resiliencia propia de aquellas heroínas que hasta hace pocos años lucían fuera de foco en el mundo machista que heredamos.

Quienes no conocimos los tiempos anteriores a los Beatles tendemos a encontrarlos demasiado grises para hacer el esfuerzo de entenderlos, aunque quien sea mujer y haya vivido aquello probablemente lo recuerde en sepia, a juzgar por el alma de una época en la que no ser hombre suponía resignarse a pasar por taimada, ingenua o furcia de la cuna al sepulcro. Viene esto a cuento gracias a la señora Maisel, un personaje que hoy se ha puesto en boga a partir de la serie televisiva que retrata esos tiempos desde la perspectiva de una mujer chispeante e incisiva que se niega a vivir desenfocada: The Marvelous Mrs. Maisel.

Uno de los prejuicios machistas más arteros, que todavía hoy goza de aceptación entre los papanatas, consiste en asumir que el sexo femenino desconoce el sentido del humor. Carencia ésta común en fanáticos, acomplejados, sosos y en general personas sin el menor ingenio, por no llamarles tontos o amargados. ¿No es al fin el humor un ejercicio pleno de inteligencia? ¿Está de más decir que el autor de estas líneas no conoce ni busca recompensa mayor a sus palabras que una súbita risa de mujer?

Y aquí empieza el problema, porque nuestra heroína es comediante, amén de aguda, guapa, frívola, emprendedora, refinada y escéptica ante todo convencionalismo. Virtudes problemáticas aun en el Nueva York de los años cincuenta, donde está bien que un hombre viva de hacer reír a los demás, pero nunca una dama elegante, judía y divorciada que para colmo hace sus propios chistes, varios de ellos en torno a los fracasos de su vida marital. ¿Una mujer graciosa? ¿Dónde se ha visto eso? Público y empresarios dan por hecho al mirarla que se trata de una cantante más, y desde luego encuentran estrafalaria la idea de equipararla con sus colegas del sexo opositor.

Pasma la cantidad de tabúes y preceptos estúpidos que a diario zancadillan los pasos atrevidos de la protagonista. Un hombre puede hacer los chistes más vulgares sobre sus genitales, pero la idea de una comediante tocando, aun sutilmente, el sacrosanto tema de la maternidad, es motivo de escándalo y censura instantánea. Si una mujer pretende hacer reír al público de la época, más le valdrá lucir fea, falsa y ridícula, pues en una bonita no caben el sarcasmo ni la franqueza, pero aquí no asistimos a un melodrama sino a una gran comedia sobre la comedia. Sabemos que es así porque nos carcajeamos de ver a una mujer del siglo XXI arrasar con las mentes cuadradas de su tiempo e impregnar de frescura una atmósfera tiesa que en otras circunstancias sería irrespirable. Tan sólo imaginemos el transcurso de una trama como ésta en Texas, Alabama o, por qué no, de este lado del río.

No se trata de una historia ejemplar, menos aún didáctica o reivindicativa, aunque todo eso pueda funcionar si uno se empeña en verlo desde esos ángulos. Ejercicio difícil para quien se ha dejado cautivar por Miriam Maisel —“Midge”, interpretada por la estupenda actriz Rachel Brosnahan— y su entorno chispeante, colorido, insospechado, no ajeno a la comedia musical aunque tampoco circunscrito a ella. Una delicia, al fin, tan femenina, que ningún hombre debería ignorarla. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 31 de agosto de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://the-marvelous-mrs-maisel.fandom.com/wiki/Midge_Maisel

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