Hablando de mujeres y rufianes

A usted, señor, ¿le gustaría pasearse por calles y avenidas al volante de un deportivo convertible? La pregunta es idiota, pero una vez entrados en ficciones, supongamos que le sobra el dinero… ¿Se sentiría a sus anchas en cualquiera de nuestras ciudades, luego de imaginar cuántos bandidos concebirán la idea de arrebatarle el coche, el reloj, la cartera, o encerrarlo de plano en la cajuela para hacer más jugoso el probable botín? Aun suponiendo que esto nunca ocurriera, estando como estamos al tanto de los robos, asaltos y secuestros que hace tiempo son pan de cada día, ¿no es cierto que el valor del coche es poco si se compara con su tranquilidad?

Una encuesta reciente señala que más del noventa por ciento de las mujeres se sienten inseguras en nuestras calles. Ninguna necesita un carrazo sin toldo, y ni siquiera un físico espectacular, para temer lo peor en la próxima esquina. Es decir, que nueve de cada diez mujeres experimenta el miedo que sentiría cualquier hombre sensato abordo de aquel bólido envidiable. Puesto en pocas palabras, el pavor que en un hijo de vecino sería excepcional es moneda corriente para el otro sexo.

Nadie que alguna vez haya sido asaltado supera por completo esa aprensión. ¿Y qué decir entonces de una mujer cuya vida ya no será la misma después de una golpiza, un estupro, una mutilación? No existe en todo el código penal un castigo bastante para resarcir a la víctima de un abuso así, pero el silencio es atropello aparte. ¿Qué diría usted, señor, si se temiera que a los asaltantes no les es suficiente su dinero y se frotan las manos pensando en penetrarlo? Repito, pe-ne-trar-lo. Por la fuerza y a golpes, en tumulto. ¿Pensaría que es un peligro más o correría como un endemoniado antes que permitir tamaña atrocidad?

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Ahora bien, el problema no se queda en la calle. Miles, si no millones de madres, esposas, hijas, abuelas inclusive, viven sus peores horas de terror puertas adentro del hogar familiar. Pues si un desconocido se mira facultado para lastimarlas en la vía pública, tan solo imaginemos las infamias a las que se ha creído autorizado el barbaján que lleva años de someterlas, sin que nadie se atreva a denunciarlo. No porque lo aberrante pase todos los días deja de ser lo que es; una monstruosidad ocurrida cien veces es al menos doscientas veces más terrible, y temo que me quedo corto con el cálculo.

Hace unos cuantos años, de visita en Madrid, me dio por preguntarle a un periodista a qué atribuía el hecho de que tantas mujeres resultaran golpeadas, violadas o asesinadas, según constaba en numerosos diarios españoles. “No es que aquí ocurra más”, me explicó el hombre, “sino que hay un consenso para hacer más visible la violencia machista y no dejar que pase por cosa normal”.

Tampoco es, por supuesto, una dulce noticia que un grupo de mujeres indignadas pinte los monumentos de la ciudad para hacer más visible este inmenso problema que ha venido creciendo de forma exponencial, pero yo no me atrevo a censurarlas. Buscan notoriedad para una situación escandalosa que incluye varios miles de asesinatos, y es a lo menos que tienen derecho. Hay quienes piensan que estas situaciones afean al país o al gobernante en turno, como si silenciando al mensajero dejara la verdad de ser terrible. Pues todo abuso es siempre más perverso si se mantiene oculto, por causa de un pudor que hasta acá apestaría a complicidad. ¿O es tapando la pústula como se hace uno cargo de la infección?

Se equivocan aquellas señoras exaltadas que tildan a los hombres, sin excepción alguna, de maltratadores; razón más que bastante, me parece, para que quienes no causamos, ni subestimamos, ni soportamos más esas bestialidades alcemos asimismo la voz en su defensa, que también es la nuestra. Perdone usted, señor, pero es que a estas alturas de la barbarie, la indiferencia no es menos atroz.

Este artículo fue publicado en Milenio el 24 de agosto de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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