Soberbia de la buena

A veces, el pesar ajeno reconforta. La caída de un gran criminal, por ejemplo, difícilmente será mala noticia. ¿Y qué decir entonces del súbito infortunio de quien según nosotros ha sido un mal amigo? No es que nos regocije, sino que de algún modo reivindica nuestro más personal sentido de la justicia. “Ni modo, él se lo buscó…”, dictamina uno, mientras se encoge de hombros para ocultar la oscura satisfacción que de alguna manera le compensa.

Uno de los placeres de la revancha está en la generosa dotación de soberbia moral que trae consigo. Ver a quienes creemos victimarios convertidos en víctimas incita a constatar que hay un orden divino, y que en los hechos somos mejores personas que ellos. Merecemos, por tanto (y quién sabe si no por un escaso margen), que nuestra suerte sea preferible, y entendemos por qué la suya apesta. Aun si nada sabemos de sus vidas y les menospreciamos a lo lejos o en masa. Esa diva tan frívola, quién la va a aguantar. Esos aldeanos son todos iguales.

Al principio es no más que una incomodidad, que con el tiempo se va haciendo sospecha. Los vecinos son raros, ¿te has fijado? A veces no saludan, o lo hacen con reservas, o parecen burlarse desde el mismo gesto. Son por supuesto diferentes a uno, y se asume que no serán mejores. Luego, son inferiores. Nadie ha dicho que no respiren el mismo aire, falta ver si también se lo han ganado. Hasta que cualquier día viene otro inquilino y expresa sus reservas sobre los raros de la casa de enfrente. Gentuza, desde luego. De ahí a confabularse en contra suya media apenas un par de chismes sin sustento.

No nacemos odiando. Todo empieza por hallar razonable la discriminación moral contra quienes por angas o por mangas tienen menos derecho al aire que respiran. Y menos cada día, porque basta con que un infundio crezca para fertilizar la tierra circundante. Puesto que si el vecino se niega a saludarnos, cabe creer que tampoco es buen padre, ni será un buen marido, ni los hijos entonces habrán sido educados en el respeto y las buenas costumbres.

La discriminación moral no es menos abusiva que clasismo, racismo o machismo. Parte igual de prejuicios y calumnias, se sostiene en estigmas arbitrarios, crece al amparo de la hipocresía y tampoco requiere de pruebas contundentes. Envidia, frustración, despecho, celos, basta con uno de estos ingredientes para hacer fermentar la indignación que conduce a la fobia inconmovible. Una vez que encontramos razonable ningunear la estatura moral de una o varias personas, nada de lo que puedan aducir sonará digno de tomarse en cuenta, y así lo haremos ver a quien tenga mejor opinión de ellas. Cualquier cosa que digan deberá ser producto de una moral ruinosa, y por ello torcida y despreciable.

Asombra la inaudita ligereza con la que en estos tiempos se reparten los peores epítetos, a partir de inferencias subjetivas que más parecen armas arrojadizas. “¡Misógino!” “¡Neonazi!” “¡Estalinista!” “¡Homófobo!” Se acusa al adversario de discriminar no porque sea evidente, ni siquiera probable, sino para colgarle el sambenito que le hará impresentable de por sí. Esto es, para poder discriminarle y al propio tiempo dejarle indefenso. ¿Quién va prestar oídos, por lo pronto, a quienes son tachados de discriminadores?

¿Y qué sería de las calumnias viles sin el apoyo de la maledicencia? No se cree fácilmente lo que se sabe cierto, como lo que acomoda sospechar. Si la moralidad, como decía Oscar Wilde, es la actitud que uno suele adoptar hacia la gente que le desagrada, el regateo gratuito de la probidad relega a quien lo sufre a lo más bajo de la escala social, donde hasta el mero intento de defenderse parecerá un desplante de cinismo e invitará a la saña justiciera: esa hija contrahecha del resentimiento.

Este artículo fue publicado en Milenio el 20 de julio de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

 

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