El gusto del disgusto

Hace unos pocos días me llamó la atención un mensaje de Twitter que invitaba a citar los nombres de cantantes o grupos musicales exitosos que a uno le disgustaran en especial. Como no me viniera a la cabeza uno en concreto, me entretuve en leer las diversas respuestas —cientos de ellas— a la provocación. Podía escribirse una enciclopedia con todos los artistas allí incluidos, y entre más renombrados resultaran mayor saña mostraban sus detractores.

¿No es verdad que hoy en día son multitud quienes prefieren despotricar contra aquello que odian, en lugar de ensalzar lo que les gusta? Habríase dicho, por la pura vehemencia de los comentarios, que hay quienes cantan y alcanzan la fama sólo por fastidiar a sus desafectos, y que a ello deben éstos varios de sus fracasos personales. Y si esto pasa apenas con la música, que existe nada más para nuestro placer, hay que ver cuántas ráfagas de tirria reciben cada día quienes progresan en otros quehaceres.

A todos nos consuela mentar madres, así sea fugazmente y sin motivos claros o fundamentados, si bien pocos realmente se hacen cargo del precio que por ello han de pagar. Echar pestes releva al quejumbroso del peso de sus íntimas derrotas, puesto que si otros permanecen callados él se va a hacer oír, le pese a quien le pese. O sea que en lugar de emplear sus energías en corregir el rumbo y enfrentar los estorbos del camino, elige enrarecer la atmósfera reinante hasta hacerla del todo irrespirable, de modo que su bronca sea también la nuestra y nadie pueda ya decirse ganador.

Algo no muy distinto hacía Roger Federer en los primeros años de su carrera. Más que enfocarse en vencer al contrario, vapuleaba a los jueces con reclamos y rabietas, que a la postre servían para justificar cada nuevo tropiezo. Hasta que un día optó por cerrar la bocaza y entregarse de lleno a seguir su estrategia de juego, demasiado ambiciosa para pagarse el lujo de un berrinche a destiempo.

De entonces para acá, conocemos de sobra casi todo lo bueno de que es capaz el hijo predilecto de Basilea. De sus limitaciones, sin embargo, sabemos casi nada. Hace más de una década que los conocedores anuncian su declive, pero ocurre que Roger está a sólo dos años de hacerse cuarentón y acaba de alcanzar su undécima final en el torneo de Wimbledon. ¿Tendría que hacer caso de los malos augurios o basta con que atienda su negocio?

No falta quien le tache a uno de frívolo si osa reconocer la relevancia de gestas como la del tenista más grande de la Historia en su pequeña cotidianidad. Escéptico de toda inspiración divina, suelo encontrar en el tesón del suizo, tanto como en su porte de guerrero impertérrito y la elegancia de su maniobrar, motivos generosos de contagio. Y ahora que recién lo he visto demoler a Rafael Nadal —a once años de caer a manos suyas, en lo que erróneamente los expertos llamaron “cambio de guardia”— encuentro que invertí sólo tres horas hábiles en adquirir la inspiración bastante para elevar mi productividad en proporción geométrica.

Verdad es que en los tiempos recientes no faltan las razones para poner los ojos en cuanto de podrido tiene el mundo, mas nada de eso anula el deleite innegable de solazarse en lo que más se admira. Hay demasiados odios necios y presurosos ensuciando el ambiente para no distraerse en admirar aquello que nos colma de entusiasmo y deja un sedimento de determinación que no por pasajero, ajeno o baladí será menos genuino y acaso trascendente.

Si me preguntan, pues, qué es lo que me disgusta, no hablaré ya de otra incomodidad que la causada por esos pobres diablos malqueridos que sólo atinan a citar lo que odian, a falta de mejor inspiración. Es decir que me gusta Roger Federer, y háganle como quieran.

Este artículo fue publicado en Milenio el 13 de julio de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.publimetro.com.mx/mx/deportes/2019/07/12/estoy-exhausto-rafael-nadal-jugo-increible-roger-federer.html

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