El show de la humildad

“Soy primoroso, bello, lindo y soy gracioso”.

Mauricio Kleiff, 

El modesto Gordolfo Gelatino

 

¿Alguien conoce a algún campeón de la humildad? De entre tantos torneos concebibles, pocos hay tan absurdos como aquél cuya meta es demostrar que es uno más humilde que su prójimo. Es decir que el campeón no reconoce límites en el arte de acreditar sus límites, ni vacila en cantarte las virtudes que no se cansa de encontrar en sí mismo, puesto que nadie es más modesto que él y de eso por supuesto está muy orgulloso.

Es de por sí grotesco el espectáculo que ofrece quien se jacta de sus méritos y se cuelga adjetivos que solamente valen cuando es otra persona —imparcial, ojalá— quien los confiere. Decir que uno es honesto, noble o bondadoso es desaprovechar una oportunidad inmejorable para guardar silencio, pues no es exagerado que quien asista a esas autoalabanzas sospeche justamente lo contrario. ¿O es que el hijo de puta va por la vida llamándose canalla e indigno de confianza?

“Publiqué una novela devastadora”, me dijo alguna vez un escritor hondamente prendado del espejo, y de inmediato supe que jamás la leería, como no fuera para reírme de él. Otro día escuché a cierta columnista recomendar su más reciente artículo subrayando que estaba “buenísimo”, y no pude evitar preguntarme qué clase de lectores esperaba partiendo de tamaña ingenuidad, rayana en narcisismo y desvergüenza. Nada que en todo caso pudiera respetarse, y menos desde luego ponderarse, como no fuera uno igual de papanatas.

Hay, por cierto, campeones a quienes no les tiembla la mandíbula para ufanarse de sus grandes éxitos, y ello puede entenderse cuando éstos son patentes y notables. Es probable que nos suenen chocantes, y habrá quien los disculpe aduciendo un presunto sentido del humor que no termina de hacerse evidente, pero tampoco es raro que el fruto del esfuerzo lleve a perder el piso a sus autores. “Al menos es verdad”, se consuela uno, cansado de aguantar a fatuos embusteros e incluso más ruidosos.

Puesto a elegir, no obstante, entre unos y otros autopropagandistas, encuentro preferible la arrogancia gratuita a la falsa humildad, por cuanto aquella tiene de delatora y ésta no deja ver sino una hipocresía de tufo clerical que debería encendernos las alarmas. ¿Qué otra cosa pretenden quienes hacen alarde de supuesta humildad, más allá de ponerse por encima de todos? Pues si alguna virtud define a los humildes, ésta tendría que ver con la más absoluta discreción. Si el generoso evita los reflectores en obediencia a su naturaleza, los humildes de espíritu tendrían que esquivarlos con pudor de doncella decimonónica, so pena de incurrir en el extremo opuesto —la soberbia—dado que el falso humilde, con su protagonismo fariseo, delata una jactancia incompatible con cualquier modestia, y quién sabe si no de paso sintomática de ciertas mezquindades vergonzantes que prefieren vivir en la penumbra.

No se es humilde por propia elección, como por pundonor y elemental cautela. Antes de hacerse cargo de los propios límites, quisiera uno probarse sus alcances y estirarlos, dentro de lo posible. El show de la humildad, su exhibición abyecta y triunfalista, revela una escasez de miramientos que persigue la admiración ajena como un trofeo de caza. ¿Y desde cuándo a la humildad genuina le complace exhibir sus galardones?

Las sensibilidades pueblerinas entienden como mera cortesía los desplantes de la falsa humildad. Ninguno se la cree, tanto que hasta se esfuerzan por ser inverosímiles, pero es lo que les toca si esperan quedar bien con quien les quiere mal en el baile de máscaras de cada día. Nunca he visto a un campeón de la humildad reconocer sus yerros ni confesar sus límites, y me temo que entiendo la razón. ¿Qué tal que en un descuido le quitan el trofeo?

Este artículo fue publicado en Milenio el 18 de mayo de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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