Placeres de caballero

Hace ya tiempo que la caballerosidad está en bancarrota. Es decir que su presunta insolvencia le dificulta ser sujeto de crédito, y aun la hace sospechosa de premeditación, alevosía y ventaja. ¿Qué busca el caballero con esas atenciones anticuadas, sino imponerse frente a su atendida y eventualmente cobrarse a lo chino? ¿Quién se cree que es para pagar las cuentas, cederte el paso y llevarte a tu casa, a saber con qué turbias intenciones? ¿Quién le dijo que algo te hacía falta, o que no te bastabas para conseguirlo?

Por supuesto que entiendo la desconfianza. Basta con que me ponga en el lugar de una profesional habituada a enfrentar el asedio de incontables mandriles de oficina, a cual más obsequioso y caravanero, que sólo esperan un descuido mío para caerme encima con lo peor de sí mismos. Duele aceptar que la caballerosidad, virtud conspicua al fin, no es por fuerza sincera ni desinteresada, y con harta frecuencia se usa para alcanzar fines aviesos, de por sí incompatibles con la estricta moral del caballero. Asume, el galancillo embarradizo, que su galantería es inversión y ve el asunto en términos de usura: tanto te doy, tanto quedas debiendo. ¿Quién no va a preferir liquidar media cuenta y pagarse su taxi a sentirse endeudada con patán semejante? ¿Por qué ceder una pulgada de terreno ante un acomplejado que se cree más que yo y pretende que va a poder comprarme? ¿En qué maldito siglo cree que estamos?

Dárselas uno mismo de caballero es como presumir de buen samaritano: vale más que en la práctica lo pruebe. Pese a la mala fama que le dan cavernarios, rufianes y farsantes, la caballerosidad es una rama de la generosidad. No digo que un auténtico caballero tienda naturalmente al alocentrismo, ni que sus atenciones carezcan de intención, pues quien es caballero lo disfruta, y así persiste en aras de seguir deleitándose. No se espera que un alma mezquina entienda la ecuación según la cual el dar nos enriquece más que el recibir. Puesto que no le damos lo mejor de nosotros a cualquiera, sino a aquellas personas cuya pura sonrisa es recompensa. Su placer literalmente es el nuestro, y tanto lo apreciamos que haremos cualquier cosa por multiplicarlo.

La caballerosidad peca de impráctica, pero ese es justamente su mayor encanto. No se desvía uno tres horas de su ruta para hacer un derroche de su valioso tiempo, sino al contrario: lo invierte y atesora en una compañía que por sí misma resulta invaluable. No invita la comida por jactancia, como por darse el gusto de rendir un tributo a quien le hace la vida más amable. Ahora bien, si cambiamos de pellejo, es fácil figurarse el desconcierto de quien ha de vivir con la incomodidad de recibir tributos en hilera, a saber si no sólo por su linda cara.

¿Pero qué culpa tiene la caballerosidad de que en su nombre hablen por igual frívolos, hipócritas, maniáticos, mandones, inseguros, mezquinos e impostores? ¿Proscribimos acaso la honradez sólo porque hay legiones de granujas que consiguen pasar por gente honrada? No espero que me entiendan los gorrones que se sienten muy listos por siempre recibir y nunca dar, si ya se ve que viven malcogidos y de amor saben menos que un ostión. Tampoco es concebible que a quienes viven todo como un intercambio les cuadren estas cuentas tan deficitarias.

Yo sé que mi mujer abre y cierra las puertas de coches y edificios sin ayuda de nadie, pero me gusta hacerlo en su lugar por el puro placer de postrarme delante de su obvia majestad, y ciertamente no me veo disminuido si ella por sus pistolas se me adelanta. No sé, insisto, si sea yo un caballero, pero sigo intentándolo por el placer inmenso de ganarme unas cuantas de las sonrisas que alimentan mi alma. Ríanse, pues, si quieren, pero aquí la princesa va primero y me toca hacer una reverencia.

Este artículo fue publicado en Milenio el 04 de mayo de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

http://blogs.eltiempo.com/para-donde-va/2017/05/25/el-feminismo-un-enemigo-de-la-caballerosidad/

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