Deslenguados y orondos

Cada día son más las personas que dicen lo que piensan sin pensar lo que dicen. Es su derecho, claro, porque no hay una ley que penalice el habla irreflexiva, por más que ésta sea hiriente o mentirosa o abusiva o estúpida o colérica, y aun si lo expresa todo por escrito y pasa por encima del respeto y enloda sin empacho la fama de quien sea. “Ya dije lo que pienso”, declaran, muy ufanos, como si hubieran hecho un mérito especial.

Quienes sueltan sin más lo que dicen que piensan no se sienten, por cierto, obligados a escuchar réplica alguna, como si la prerrogativa de expresarse les diera la razón de manera automática. Más que opinar, sentencian, y denuncian cualquier apelación como una tentativa de censura. “A mí nadie me calla”, te desafían y enseguida proceden a callarte, pues nada encuentran más autoritario que el viejo requisito de razonar para aspirar a tener la razón.

De más está decir que el habla irreflexiva tiende a multiplicarse sin control. Una vez que el de enfrente abrió la boca sin pararse a medir las consecuencias, uno se siente libre —cuando no en el deber— de responderle con la misma enjundia, ya no para ganar la discusión como para que sepa lo que se siente. El material abunda, en todo caso, de ahí que entre quienes dicen que dicen lo que piensan menudeen quienes en realidad repiten cualquier cosa que oyeron por ahí, de esas que suenan bien a la primera y tal parece que les dignifican.

No hay que rascar muy hondo para hallar el origen del problema entre las catacumbas del amor propio. Un asunto de vísceras y nunca de neuronas, pues una vez que he hablado sin pensar, y detonado así las animosidades de quienes ahora son mis adversarios, lo que habría sido un encuentro de ideas toma la forma de un torneo de idioteces, similar a una discusión de beatos resueltos a imponer cada uno su fe —“la verdadera”, claro— sobre la de los otros. Nadie tiene ya tiempo ni paciencia para hacer un esfuerzo de entendimiento: es el imperio de la imbecilidad, y ya sabemos que ésta suele tener la piel demasiado delgada para aguantar la lija de las dudas.

No es fácil resistir la tentación de rebatir un argumento idiota, y una vez enojados todos nos lo parecen. Experimenta uno, además, cierto placer malsano al echar mano del humor sarcástico, que es como responder al calor de la víscera con la pura frialdad del picahielos. No es ya que el otro pueda haber dicho alguna ligereza, sino que es un estúpido redondo y es hora de exhibirle como tal. ¿Qué más da si exagero, tergiverso o corrompo lo que hace dos minutos pudo ser una idea más o menos sensata, si lo que se me antoja es ver correr la sangre?

Si no se da uno tiempo para pensar dos veces lo que va a decir, probablemente acabe defendiendo lo menos defendible, que es su estúpido orgullo —valga la redundancia— y exhibiendo de paso complejos que haría bien en guardar bajo llave. Pero insisto, es difícil. Contra lo que quisiera el sentido común, la inteligencia es frágil y a la idiotez le encanta la camorra porque sabe que lleva la ventaja, igual que la calumnia acostumbra en principio noquear a la verdad.

Valdría preguntarse, finalmente, si es del todo casual que en un país tomado por los criminales, a quienes no es juicioso contradecir, vale acaso otra ley que la del propio antojo. Allí donde el maleante que no duda en meterte un plomazo si le desobedeces impone sus carencias emocionales como modelo de éxito y soberanía, es síntoma corriente que nosotros, émulos maquinales, tampoco toleremos el disenso y estemos cada día más orgullosos de ser unos jodidos acomplejados que dicen lo que piensan sin molestarse en pensar lo que dicen, no faltaba más.

Este artículo fue publicado en Milenio el 20 de abril de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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