Mi amigo el juglar

Armando era un fulano divertido —vale decir chispeante, teatral, exagerado— aunque no se librara de pagar un precio. Se había entrenado para ser payaso, puede que desde entonces se supiera integrante de un gremio condenado a la tristeza. Tenía poco tiempo de conocerlo cuando lo vi chocar de frente contra un poste, en plena esquina de Morelos y Balderas, rebotar y caer en la banqueta de un modo tan perfecto que en cuestión de segundos tenía en torno suyo un gentío morboso y afligido. Ya lo daba yo mismo por golpeado cuando se levantó, risueño y socarrón, para seguir de frente como si cualquier cosa.

Por entonces recién graduado de antropólogo, más de un tema importante solía quitarle el sueño, si bien nuestra amistad se sostenía en asuntos lo bastante ligeros para no compartir sino las risotadas que muy pronto nos hicieron amigos. Si otros, más sentenciosos, lo orillaban a una solemnidad que le iba mal, nuestra chorcha se asemejaba más a un torneo de guarradas y barbaridades, del cual hasta hoy conservo un registro preciso y entrañable. No negaré que a veces nos ganaba la depre —fue el primero al que oí apodar de ese modo a la melancolía— y así languidecíamos durante un chico rato, hasta que alguna broma del peor gusto (las que más nos gustaban, por supuesto) hacía trizas nuestros victimismos.

Nunca fui de los suyos, ni él de los míos. Nuestra amistad era entre solitarios y ello nos permitía pitorrearnos de nuestras sendas tribus, como dos extranjeros que no están obligados a compartir creencias ni cumplidos, pero en su afinidad encuentran un espacio para despotricar sin medida ni empacho, pues al cabo se saben escépticos de todo y se han hecho la fama de desvergonzados. Me llevaba unos años, pero eso no contaba porque en mi percepción siempre hubo dos Armandos —uno comprometido con Causas Sustantivas, el otro nada menos que un chamaco malcriado— y a mí me había tocado llevarme con el niño.

Cierta tarde, en el cine, durante una función al cabo de la cual habría un debate con los realizadores de la película, no encontramos mejor entretención que hacer sorna del churro en cuestión, y cuando tocó el turno al protagonista —un patético monje del siglo XVII, con la melena a manera de casco por efecto evidente de una pistola de aire— resultó que el actor, sentado justo enfrente de nosotros, se volvió nada más que a dirigirnos una mirada de odio tan profunda que hizo llorar a Armando de la risa. Y vaya que la suya era contagiosa.

Armando Vega-Gil tendía a ser coqueto y enamoradizo, aunque también romántico y caballeresco, mas solía ser el niño, antes que el hombre, quien materializaba la conquista. Trataba de ser leal, ya que no siempre fiel, y eludía con más gracia que éxito los daños a terceras, pues su encanto era tal que borraba el rencor a golpes de ternura. (Quien conozca al Vadinho de Jorge Amado probablemente sepa de lo que hablo.)

Uno de los defectos del inefable Armando Vega-Gil Rueda —al cual tampoco yo me llamaría inmune— era la delgadez de su epidermis. Presa fácil de hondas indignaciones, se azotaba como un huérfano repentino si alguna decepción lo vapuleaba. Un par de veces nos mandamos al diablo por motivos más o menos etéreos, mas ello no impidió que disfrutásemos, otra vez como escuincles, de un viaje inenarrable por Brasil. Lo recuerdo montado en una bicicleta, escurriendo sudor y casi lágrimas entre Leblon y Botafogo, y más tarde brincando como un simio feliz en el concierto de Ney Matogrosso, para acabar tirados a media madrugada en Ipanema, intercambiando albures en portuñol.

Narrador, alpinista, fotógrafo, pintor, actor, poeta, músico y cineasta, entre otras inquietudes juglarescas, huyó Armando del mundo de los vivos sin darnos el abrazo de reconciliación que intenté sustituir con estas líneas. Hasta pronto, amigote: nunca voy a olvidarte.

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de abril de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.nacion321.com/ciudadanos/el-ultimo-audio-de-armando-vega-gil-antes-de-suicidarse

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