El imán del matón

No suele ser difícil experimentar cierta fascinación estúpida por los asesinos. Abundan quienes en secreto los envidian, y si no los emulan es porque tienen miedo de terminar pagando un alto precio, de modo que no dudan en aprovechar la oportunidad rara de ingresar en el club sin pagar membresía. Lo sabemos después de un linchamiento o un pogromo, cuando gente supuestamente buena y mansa no lo piensa dos veces para unirse a una turba de cobardes y saciar sus instintos más infames, bajo la garantía de que al día siguiente recobrarán su estatus de intachables.

El precio de matar a dos personas es apenas más alto que el de acabar con la vida de una, y la oferta mejora conforme el asesino se sigue de largo, de manera que liquidar a diez suele costar lo mismo que a cincuenta. No hay ley ni represalia que pueda hacer justicia en tal sentido, ni parece probable que diez muertos de más hagan crecer gran cosa el remordimiento de quienes se han cansado y quizás aburrido de cruzar esa línea macabra que suele intimidar al primerizo.

Hace unos pocos días hemos podido ver, en la versión en línea de este diario, un video del Chapo Guzmán limpiándose las lágrimas a bordo del avión que lo llevaba hacia la extradición. Sabemos, asimismo, que desde entonces el famoso capo ha padecido en una cárcel de Nueva York condiciones extremas de reclusión. Un destino sin duda terrorífico, si bien aún preferible al de sus muertos. Una legión cuyo número exacto nadie jamás sabría establecer. Gente que habrá llorado, berreado y suplicado sin mayor consecuencia, como no fuera un par de risotadas a cargo de verdugos y secuaces, para ingresar sin más en el pantano de la estadística.

Si quien despachó a uno es asesino, ¿cómo llamar a aquél que ha asesinado a centenares, miles de congéneres? Nadie ha visto a una bestia, una hiena o un chacal consumar una pizca de toda esa vileza, y menos por motivos en tal medida ruines, mezquinos y gratuitos. ¿Quién ha sabido de una alimaña salvaje que secuestre, torture y cercene cabezas para hacerse temer y respetar? ¿Qué clase de castigo sería suficiente para que un irredento sanguinario pague el precio completo por sus gracias? ¿Quién sería el verdugo que lo aplicaría? ¿Cuántos siglos tendrían de vivir uno y otro para cumplir con tamaña encomienda?

No basta, ciertamente, el llanto de un matón arrepentido –y eso si es que ha llorado por remordimiento y no a causa del fin de su impunidad– para hacerse una idea del daño ocasionado a todo ese gentío que tampoco alcanzamos a dimensionar porque igual el intento nos tomaría siglos infinitos. Podría el responsable de todo ese dolor pasarse dos milenios de agonía clavado en una cruz y la cuenta seguiría sin saldarse, pues al fin el castigo completo de un psicópata sólo puede evaluarlo otro psicópata. ¿Y dónde más, si no ahí en la demencia y sus abismos, reside esa apestosa fascinación que en los dizque normales provoca el asesino?

Se cuenta que al momento de su arresto, otro matón siniestro que responde al apodo de Pozoles rompió a llorar como un niño malcriado. Secuestrador, torturador y asesino de escorts, entre una multitud de perjudicados, no le quedó al fulano la dignidad bastante para plantarle cara a su destino con el aplomo de un canalla consecuente. Vale, pues, preguntarse, qué clase de respeto o embeleso tendría que suscitar esta clase de plancton para cuya abyección no existen adjetivos concebibles.

He intentado entenderlo, pero no lo consigo ni en plan de novelista, porque hasta el más rastrero de los personajes requiere de una dosis de entereza, y hay bichos según ellos legendarios que carecen del mínimo atributo para sumarlos a la lista de una especie ya de por sí nociva, como ya lo es la nuestra. Pueden, pues lloriquear hasta secarse, que no sirven más que para el olvido.

Este artículo fue publicado en Milenio el 16 de febrero de 2019, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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