Del enojo al contagio

Ignoro en qué se basen aquellas estadísticas que clasifican a países o ciudades según el presunto índice de “felicidad” de sus habitantes, aunque difícilmente oculten esos números un alto porcentaje de ñoñería. Puesto que a diferencia de la desdicha –que con frecuencia se nos hace evidente– la felicidad peca de embustera, volátil y dudosa, más todavía si es de la oficial. Para colmo, a menudo llega uno a acreditarla retrospectivamente, cuando ya esa ventura es cosa del pasado y de ella queda sólo la añoranza: mentirosa flagrante.

Otra cosa, por cierto, es el enojo. Un sentimiento nada razonable y harto pegajoso, que en cuestión de segundos transforma al portador en un imbécil terco, prepotente, sediento de revancha e impermeable a la mínima prudencia. Quieren los enojados que su furia les haga respetables, pero miedo y respeto son cosas diferentes. Nada sería más fácil que remedar al tiro sus modos furibundos, su sintaxis quebrada, sus torpes exabruptos, y si renuncia uno a esa compensación es por ahorrarse la vergüenza ajena, y en un traspié la pena del contagio. Menos miedo me da el idiota que me grita que el que sería yo, de responderle igual. ¿Y qué otra cosa busca el enojado, como no sean miedosos y adversarios?

Me resisto a aceptar que vivo en un país repleto de biliosos, ya que eso equivaldría a tacharnos de estúpidos sin más. Quiero decir que no conozco a un solo furibundo capaz de actuar de forma razonable o tomar una buena decisión; por no hablar de las veces en que he caído víctima de mis peores fluidos y hecho o dicho idioteces de las que todavía me arrepiento. Y sin embargo entonces, presa de tanta y tan babeante rabia, halla uno vergonzosa la moderación (y la temeridad, compensatoria). “¿Seré acaso tan bruto para seguir dejándome?”, se acicatea solo el indignado, y experimenta algún deleite oscuro en echar más espuma por la boca, cual si no de otra forma subsanara el despecho de su orgullo sangrante.

Ni siquiera la burla y el insulto hieren tanto al enojo como la indiferencia. Una vez que el furioso reclama privilegios de acreedor y justifica así la desmesura, quien se muestre indolente a sus reclamos será blanco propicio de una rabia mayor, y quién sabe si no chivo expiatorio. ¿Cómo se atreven todos a seguir impasibles delante de un cretino decidido a mostrarse capaz de cualquier cosa? ¿Qué más da si se atora o se atropella por causa de su misma virulencia, si ésta ha de ser bastante para pausar la marcha del planeta? No hace falta entender el alemán para asumir la rabiosa exigencia de una arenga de Hitler: pobre de aquél sensato que eludiera el contagio.

Contra lo que quisiera el indignado, la rabia es incapaz de compensarle. Y al contrario: hace crecer su pérdida irremediablemente. Resentidos, soberbios y frustrados son sin duda legión y su orgullo consiste en mantenerse inmunes a todo raciocinio responsable. La culpa ha de ser de otros, nunca de ellos, así como la deuda que el mundo ha contraído con su rabia y por la cual han de seguir cobrando hasta su último aliento, pues ni siquiera el triunfo habrá de resarcirles por el rencor antiguo que es su razón de ser.

¿Un país de enojados? No lo creo. Verdad es que hacen ruido las rabietas y aspiran a adueñarse del paisaje, tanto como que a ratos no faltan los coléricos que consiguen sacarnos de nuestras casillas, pero de ahí a vivir echando pestes ha de haber algún trecho saludable, pues si no ha logrado uno parecer tan dichoso como las estadísticas quisieran, tampoco sería exacto decirse originario de un país de amargados e infelices donde sólo el enojo –luego la estupidez– halla sentido. Aislar a los rabiosos, resistirse al contagio: tal sería un buen deseo para el año que viene, si no para aspirar a ser felices, siquiera para ser menos idiotas.

Este artículo fue publicado en Milenio el 29 de diciembre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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