Mi amigo el robot

No sin algún rubor de cavernario, confieso que de niño prefería a Los Picapiedra sobre Los Supersónicos, acaso porque éstos lograban deslumbrarme pero aquéllos sabían hacerme reír. Conservé, pese a todo, igual que tantos niños, cierta fascinación por los autómatas que con el tiempo no ha hecho sino crecer.

Ya sé que algunos resultan idiotas, pero tampoco es que se manden solos. Una vez que el programador corrige sus errores, ellos aprenden en un dos por tres y uno se va enseñando a manejarlos. No importa cuántas veces los maldigas, o incluso les achaques conductas similares a la del pérfido HAL de Stanley Kubrick: casi siempre resulta que la falla era tuya. Ellos no se distraen, ni se cansan, ni rabian, ni se enamoran, por eso son mejores esclavos que nosotros. Y esas cosas dan celos, cómo no.

En su reciente libro sobre el tema –¡Sálvese quien pueda!, título socarronamente apocalíptico–, Andrés Oppenheimer encuentra dos categorías de profetas: tecnooptimistas y tecnopesimistas. Para unos, la vertiginosa robotización del mundo nos traerá no sólo bienestar general, sino también una avalancha de nuevos y estimulantes oficios, si bien los otros temen que el fenómeno redunde en desempleo multitudinario.

A falta de una bola de cristal, es difícil situarse entre unos u otros, pero al paso del tiempo va uno relacionándose con los humanoides y tomando partido sin querer. No es fácil aceptar que la recepcionista que hasta ayer atendía los teléfonos de tal o cual empresa ha sido sustituida por un contestador mal diseñado, como tampoco lo era que al empleado eficiente lo reemplazara un bueno para nada. Pero la gente aprende, y las máquinas más y mejor; dependiendo, eso sí, de quién ha de enseñarles.

Soy un tecnooptimista cuando por fin me entiendo con el menú del banco al que llamo para hacer movimientos por los que antes debía formarme en una fila. Vamos, he programado mi teléfono para que por sí solo digite número de cuenta y contraseña, de modo que en un par de minutos resuelvo mis problemas con el mínimo esfuerzo. Hasta que un día a los programadores se les ocurre cambiar de menú y ruedo cuesta abajo por la pendiente del tecnopesimismo, ávido de encontrar un ser humano al cual poder colmar de insultos analógicos.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando el robot se enreda o descompone y me avisa que en breve podré hablar “con un ejecutivo”? Pasa que en ese instante corto la llamada. Puesto que a diferencia de las máquinas, la experiencia me enseña que buena parte de estos ejecutivos conocen poco y mal sus encomiendas, tanto que sus respuestas a una misma cuestión varían tanto como sus aptitudes para prestar ayuda al cuentahabiente. Para colmo, parece que fueron entrenados para hablar con acento de robot, sin el menor asomo de empatía. Detestan su trabajo, eso se nota, y si ocurre que alguno me resuelve el problema, le doy las gracias como si hubiera consumado un milagro, porque al fin la excepción me confirma la regla.

Cuenta Oppenheimer de una ciudad donde recientemente hubo elecciones para alcalde, y en el tercer lugar quedó un robot. ¿Quién no querría, en resumidas cuentas, que los políticos tomaran decisiones siempre racionales, de acuerdo con información copiosa y pertinente? ¿No sería preferible que en asuntos centrales donde el aspecto técnico es irremplazable, la pasión, la ambición y el fanatismo quedaran más allá del panorama? ¿Cuántas de nuestras fobias contra la inteligencia artificial parten de la ignorancia y la superstición?

Tanto el autómata como la vieja rueca son obra de un autor: el ser humano. Si están mal hechos, no es suya la culpa. Cierto, las ruecas no hablan, pero en la voz grabada tampoco encuentro huella de un espíritu. Si me preguntan, pues, me quedo con la máquina. Con el perdón de Pedro Picapiedra. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 17 de noviembre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

http://www.fcnym.unlp.edu.ar/museo/educativa/serypertenecer/curiosidades/pedropicapiedra.html

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