Esas leyes genocidas

La gente mirará hacia atrás, hacia nosotros, encerrados en fronteras, entrematándonos por rayas en los mapas, y dirán: qué estúpidos fueron.

 Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo

 Genocidio es también extender sin reparo una guerra que se sabe perdida. Una guerra que cuesta miles de vidas por cada una que dice reclamar. Una guerra librada contra la inteligencia más elemental, en nombre de un ideal paternalista —y dicho sea de paso, autoritario— cuyo saldo de miseria y desgracia es absolutamente incalculable. Una guerra repleta de eufemismos hipócritas, partiendo del risible despropósito de llamarle “delito contra la salud” al objeto de su persecución: ¿cuántos millones más han de morir en bien de nuestra abstracta sanidad? Una guerra, además, que enriquece a la gente más infame y desprotege incluso a quienes nada tienen que ver con el problema.

Solo desde la óptica del “regenerado” —hablo del puritano regañón que hasta ayer se atascaba de enervantes a los que hoy atribuye carácter demoníaco— es comprensible la satanización de unas cuantas sustancias cuya regulación es tan urgente como imposible su erradicación. Si fuese cuando menos concebible el cálculo de costos materiales que la guerra a las drogas ha implicado, tendríamos entonces una idea, por fuerza espeluznante, de todo el bien que se ha dejado de hacer por perseguir a un mal que se halla en las conciencias, antes que en las sustancias.

Con el perdón de los regenerados, nunca he visto a una botella de vodka fastidiarle la vida a algún congénere. Pues no es ya la botella rebosante, como el coco carente de quien a ella se entrega, donde habitan los diablos sin control. Si lo que busco al cabo es una dependencia, puede bastarme con la religión para ser un adicto irredimible, y entonces acusar a sus salmos y dogmas de mis insuficiencias emocionales. Maldito alcohol, ¿no es cierto? El diablo me obligó. Yo no era así, te juro. La culpa es de la mota. El cigarro de mierda me está matando. Supongo que es normal que el vicioso se escude en pretextos de niño; lo realmente estrambótico es que venga el Estado y le dé la razón, al extremo de volcar toda su fuerza en respaldar la purga de los reconcomidos.

Siempre que veo en la televisión a un grupo de soldados quemando un sembradío, me da por fantasear que no son ya las fuerzas de la ley, sino un grupo de adictos ahogados por la culpa quienes así castigan el hábito que anoche celebraban. ¿Cuántos adolescentes hacen la misma cosa con la pornografía que desató un incendio en su imaginación, no bien sigue al orgasmo solitario el arrepentimiento inquisidor? ¿Cuántos beatos condenan en el prójimo las licencias extremas que alguna vez se dieron y hoy quisieran por siempre erradicar?

Ya escucho los clamores persignados: ¿Vamos a permitir que nuestros niños queden expuestos a las adicciones? En realidad, ya lo hemos permitido, y de hecho seguimos estimulándolo, puesto que el suministro de las drogas prohibidas está en las peores manos concebibles, contra cuyo negocio no hay poder tan siquiera comparable —y esto remotamente, ya nos consta. Hoy en día, las drogas más nocivas van y vienen debajo de nuestras narices, y hasta ahora no se sabe que quienes las ofrecen exijan mayoría de edad a su clientela.

No está de más decir que el autor de estas líneas tiene mala opinión del tabaquismo, razón más que bastante para evitarlo y celebrar que en casa nunca se lo prohibieran (no en balde George Bataille subraya que el erotismo empieza por los interdictos). Porque al cabo soy yo y no el Estado, menos aún la gente de uniforme, quien decide al respecto, no faltaría más. Tan solo imaginemos la gran cantina que este país sería si el alcohol lo vendieran quienes hoy día se encargan de traficar con drogas ilegales, y de cuya eficiencia no hay lugar a duda. Es mucho más sencillo para un adolescente en estos tiempos hacerse con una grapa de cocaína de improbable pureza —cortada con sabrá el demonio qué polvajos inmundos— que con una botella de aguardiente.

No es preciso quemarse la sesera para inferir que la guerra a las drogas es la peor solución imaginable a un problema que, insisto, anida en la conciencia del consumidor. Si hace falta una guerra en este mundo, tendría que librarse contra la ignorancia: esa gran valedora de la estupidez que entiende al ciudadano como niño y transforma al Estado en padre irresponsable. Ahora que Canadá ha despenalizado el uso recreativo de la cannabis, mientras la muerte impera de este lado del río y el negocio del hampa continúa viento en pipa, lucimos tan rotundamente idiotas que cualquiera diría que vivimos en drogas. En el nombre, eso sí, de la buena salud.

Este artículo fue publicado en Milenio el 20 de octubre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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