La huella del tartufo

Hombre hipócrita y falso”, define el diccionario al tartufo. Molière, empero, a cuyo memorable personaje se debe la vigencia del adjetivo, lo presenta como un impostor: el santurrón torcido y amañado que escenifica un espectáculo de humildad ficticia para alcanzar los fines más aviesos. Es así que el Tartufo de la pieza teatral se hace pasar por guía espiritual, con el fin de estafar y despojar a un hombre ingenuo —Orgón—, no sin antes tiranizar a su familia con toda clase de amonestaciones religiosas y morales, al tiempo que se afana en seducir secretamente a la hija y a la esposa del cándido de marras. Suena familiar, ¿cierto?

Todos hemos sabido de más de un tartufo. Son virtuosos y humildes, de dientes para afuera, a la vez que rabiosos fustigadores de la conducta ajena; de modo que recurren con gran impunidad a los deslices que censuran y reprochan. Suelen hablarnos desde un pedestal, aprovechando así lo que Javier Marías llama “efecto tarima”, donde quienes escuchan quedan siempre debajo del orador y han de ser deslumbrados por su palabrería; solo que en este caso la tarima tiene forma de púlpito, de modo que el santón ha de hacer gala de una presunta superioridad moral que pone a los demás a su merced, y de hecho los sojuzga si es que osan regatearle pleitesía.

Ya sea que nos hable en el nombre de Dios o en el del Pueblo —dos entelequias convenientemente mudas que en modo alguno han de contradecirle—, el tartufo se esmera en encarnar al virtuoso modélico, devoto y espartano, inmune a tentaciones y codicias mundanas, que la mala conciencia colectiva nos invita a emular en bien del propio espíritu. Tal vez nunca seremos tan benignos y desinteresados como él logra pintarse, pero ya sus palabras —fogosas o apacibles, pías o furibundas, severas o indulgentes, según sea la ocasión— parecen redimirnos y encauzarnos por un mejor camino, que en alguna medida habrá de redimirnos.

Tal como ocurre en la obra de Molière, suele ocurrir a estos predicadores caraduras que un día la realidad les quita el antifaz y exhibe a plena luz sus indecencias, tanto más condenables cuanto que fueron ellos quienes las reprobaron hasta la náusea y se dijeron puros e incorruptibles. ¿Qué decir del obispo que exige de sus fieles inocentes un ósculo en la mano que después ha de usar para estuprarlos? ¿Cómo encajar la austeridad fingida de esos autonombrados luchadores sociales que exprimen a los pobres en nombre de una causa bienhechora y gozan en lo oscuro de grosera opulencia?

No escribe esto un creyente ni un apóstol. Mal haría en dolerme de que tantos hipócritas traicionen una fe o una esperanza que no comparto, mas ello no me impide respingar por aquéllos que un día les creyeron y hoy todavía sudan para justificarles, con tal de no perder las ilusiones. No faltan, para colmo —y de hecho son legión—, los apóstoles decididos a encubrir uno y otro traspaso de los suyos, o en su caso negarlos con celo de cruzado irreductible, antes que denunciar esas conductas y pintar una raya sobre el piso. Quiero decir que si yo fuera obispo y profesara algún respeto por mis hábitos, encontraría perversa, corrompida y odiosa la posibilidad de quedarme callado ante la desvergüenza de un colega que se ha valido de su investidura para emular las artes de un demonio del que día con día jura abominar.

Se entiende que el mafioso encubra en lo posible a sus compinches. Son todos criminales y no se espera de ellos que compartan valores encomiables, ni que sean congruentes con una bonhomía incompatible con su actividad. Es lógico inclusive que estafen a sus socios o traicionen a quien los trajo al mundo, si se asumen villanos y jamás prometieron moralizar a nadie. Pero que esto suceda entre quienes predican una fe o un ideal que supone y exige cuando menos dosis elementales de integridad, congruencia y rectitud, significa no solo un despropósito, sino una afrenta y una canallada, amén de un fuego amigo que desvirtúa y desgasta las creencias que en teoría defienden. Cuando los pretendidos ejemplos de virtud actúan como miembros de una mafia y solapan sus mutuas tropelías, solo queda a quien ha creído en ellos el derecho a escupirles en la cara.

Se libra entre impostores y fariseos afines una absurda y grotesca competencia por distinguirse como El Más Humilde, cual si fuese posible imaginar una humildad ajena a la discreción. Si una virtud es cierta y respetable, mal hará en reclamar los reflectores. ¿Desde cuándo la fe peca de fanfarrona, la esperanza de altiva o la caridad de espectacular? ¿Quién, que no sea un farsante, precisa de embarrarnos su bondad infinita? La palabra es tartufo y siempre está de moda.

Este artículo fue publicado en Milenio el 13 de octubre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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