Esa ovación venenosa

Un amigo editor de novelas me contó hace algún tiempo cierta hilarante anécdota de su oficina. Resulta que un autor llegó a verlo cargando un robusto manuscrito, y antes siquiera de ponerlo en sus manos le lanzó la advertencia perentoria: “A esta novela no le puedes mover ni una coma”. Lejos de intimidarse ante tan jactanciosa certidumbre, procedió el editor a levantar las cejas, rascarse la mollera y preguntar, con lujo de sarcasmo: “¿Cómo? ¿Tan frágil es?”

Uno escribe novelas cortejando de lejos a la perfección. Mal haría en creerse, sin embargo, capaz de darle alcance. Buscamos el control de cada línea, no por alguna suerte de soberbia, sino en aras de conciliar el sueño. Pues por fuerte y potente que pueda ser un párrafo —cosa de la que nunca se acaba de estar cierto— quien lo escribe comprende amargamente que lo realmente frágil es su ego.

Ocurre a los embriones de novelista que se tragan el cuento del narrador perfecto: aquél que como un dios decide los destinos de sus personajes y reparte la dicha o la desgracia según su veleidosa voluntad. Suena bien, ya lo creo; lástima que tal método, si llega a concretarse, redunda en unos bodrios de novelas cuyo argumento nadie logra creer, empezando por quien las pergeñó. Puesto que una novela vale más por sus dudas que por sus convicciones, y es a aquéllas, no a éstas, que apuesta y se somete. Quien escriba para sentirse poderoso bien haría en mudar de actividad.

Cierto día, platicando con otro editor literario, supe del caso de uno de sus autores, famoso por haber escrito una novela que buena parte de sus lectores consideramos una obra maestra. “Lo tuve un año y medio corrigiéndola”, me confió, no sin risas y para mi gran pasmo. ¿Decepción? Nada de eso: respeto. Semejante humildad de parte de un autor no indica que sea débil, sino justo lo opuesto. Hace falta tener un alma corpulenta, amén de una notable inteligencia, para aguantar 18 meses de rechazos sin aventar la toalla o echar al editor por la ventana.

Jamás podrá uno liquidar la deuda que ha contraído con sus editores. Puedes pasarte años de cuidado minucioso y querúbico, que de todas maneras —y de hecho por eso— la novela precisa de ojos insobornables y clarividentes, capaces de encontrar asimetrías o contradicciones, cuando no algún error de plano vergonzoso, allí donde creías —o en fin, querías creer— que estaba todo listo.

Dejó quien esto escribe, muy a tiempo, la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública, como quien abandona un barco al que teme camino del naufragio. Igual que el aspirante a novelista-dios, asumía más de uno entre mis compañeros que sus puras creencias —recientes, aunque fijas— bastaban para tomar control de nuestra realidad y conducirla por la senda inequívoca del progreso social. Una ambición incluso más temeraria que la de hacer un libro perfecto, por cuanto éste aún puede ser corregido y en caso de fallar lleva solo a la ruina del autor, mientras que hacer lo propio desde el poder político supone un riesgo grande y multitudinario.

Por bueno y cuidadoso que sea el narrador, tendría que aterrarse ante la idea de no contar con otras opiniones, como esos solterones que se creen infalibles solo porque no tienen una compañía que les sirva de espejo y contención. ¿Y no es eso, a todo esto, lo que ocurre al poder cuando carece de algún contrapeso? Me espeluzno solo de imaginar que en lugar de editores y lectores —gente que no por fuerza ha de aplaudir todas mis ocurrencias, y bien hará en ponerme en mi lugar cuando me dé por creerlas inequívocas— me enfrento nada más que a hinchas y lambiches. Verdad es que al poder le incomoda la crítica y sin duda prefiere la ovación, pero no menos cierto es que se aprende más de los errores que de los aciertos. Si se trata de hacer idiota al poderoso —es decir, engreído, insensible, soberbio— no hay más que bombardearle con aplausos constantes y oficiosos, y es seguro que perderá la brújula.

Hay apenas distancia entre el éxito súbito y la necedad. Miremos, por ejemplo, a aquellos nuevos ricos que confunden el éxito con el paraíso, de manera que medio mundo se ríe a sus costillas sin que alcancen siquiera a maliciárselo. A nadie escuchan ya, y si llegan a hacerlo se dicen envidiados. Quien ya leyó El otoño del patriarca recordará a un tirano solitario —valga la redundancia— condenado al infierno de la aquiescencia ajena: una oquedad siniestra que no sabe de réplicas ni distingue entre tino y disparate. Criticar al poder, confrontar sus posturas, señalar sus errores, no es ir en contra suya, sino hacerle un servicio irremplazable. Pobre de él si llegara a quedarse solo.

Este artículo fue publicado en Milenio el 06 de octubre de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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