La gente de febrero

En esta cuenca volcánica, la tierra es tan temperamental como los habitantes. Los terremotos representan una sacudida física pero también emocional. Algunas de las principales “réplicas” de los sismos son mentales e incluso ideológicas.

En septiembre de 1985, ante la crisis abierta por el terremoto en la Ciudad de México, el presidente Miguel de la Madrid se dirigió en estos términos a la comunidad internacional: “Estamos preparados para atender esta situación y no necesitamos recurrir a la ayuda externa. México tiene suficientes recursos y unidos, pueblo y gobierno, saldremos adelante. Agradecemos las buenas intenciones, pero somos autosuficientes”. Aunque la catástrofe no había sido provocada por los abusos del PRI, el mandatario reaccionó con la inseguridad de quien teme desprestigiarse a causa de la naturaleza. Ante esa inoperancia, la sociedad civil tomó en sus manos el destino de la capital. Unos meses después, al inaugurar el Mundial de 1986, De la Madrid se llevó una rechifla insólita. Ese espontáneo referéndum señalaba la aparición del “partido del temblor”. A partir de entonces, el PRI no volvería a ganar elecciones en la Ciudad de México.

Por una razón insondable, que la ciencia sólo puede atribuir al azar, nuestro siguiente gran terremoto también ocurrió en 19 de septiembre. Una vez más la gente se volcó a las calles. El gobierno no estuvo tan ausente como en 1985, pero fue superado por las iniciativas ciudadanas. ¿Sería posible mantener ese tejido cuando acabara la emergencia?, ¿surgiría otro “partido del temblor”? Un amigo numerólogo analizó la fecha 19-09-2017. Sumaba 2045, que a su vez sumaba 11, es decir 2: “La segunda oportunidad de que ocurra lo mismo”, diagnosticó.

Esta explicación esotérica recibió nuevo impulso cuando el sorteo para elegir a los funcionarios de casilla seleccionó a los nacidos en febrero: muchos Acuarios y algunos Piscis. Acuario invita a las transformaciones y los esfuerzos colectivos; Piscis a los viajes, la imaginación y el sueño.

En “Don de febrero”, López Velarde se refiere al “mes equívoco que se disputan la persistencia de la nieve y el asomar de las rosas”. El poeta de “La suave Patria” entiende ese momento como un umbral de cambio. En ese mismo texto, recurre al “afán mitológico” de consultar el Zodiaco.

Ningún escritor ha calado en el ánimo nacional como López Velarde. En un acto de justicia poética, nuestras casillas serían custodiadas por quienes nacieron con el “don de febrero”.

La noticia se presentó en mi casa con un escueto mensaje del INE. Nacidos en febrero, mis hijos eran requeridos por la patria, Juan Pablo en calidad de titular e Inés, que a los dieciocho años votaba por primera vez, como tercera suplente. Ambos reaccionaron como lo sugiere la incomprobable astrología: Juan Pablo asumió con ímpetu el desafío de lo nuevo e Inés agradeció pertenecer al mundo de las posibilidades y no al de las realidades.

Más de un millón de voluntarios tuvieron a su cargo la extenuante tarea de registrar la voluntad popular. Fueron capacitados por emisarios del INE dispuestos a tocar tres veces a la misma puerta en pos de una cita y a describir con paciente minucia el ecosistema de una casilla.

Las encuestas daban como claro favorito a López Obrador, pero ya conocemos las fallas que han tenido ante el Brexit o en las elecciones de Colombia, Estados Unidos y otros países.

La verdad sea dicha, no somos muy predecibles. ¿Podríamos comportarnos conforme a la estadística? Los mensajes telúricos, el sentido mágico de los números, la astrología y las parcialidades de López Velarde resultaron menos asombrosos que la voluntad popular. López Obrador ganó conforme a lo previsto, pero lo hizo con una contundencia histórica. Cuando tantos votantes apoyan a un candidato se vuelven más significativos que el candidato mismo.

López Obrador dispone de un capital político inmenso, pero no puede desligarse de la abrumadora mayoría que lo eligió. El mensaje de transformación debe ser atendido por él y por el país entero.

En una contienda marcada por los asesinatos, el derroche de dinero y la falta de propuestas, la jornada electoral fue un éxito sin precedentes e inauguró una etapa de civilidad que parecía inconcebible.

El milagro no está en los astros: está en los mexicanos.

Este artículo fue publicado en Reforma el 06 de julio 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto: Sputnik Mundo

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