Cómo encontrar el mejor lugar en un concierto

Anoche con el afán de cumplir con una de las cosas que considero importantes en esta nueva vida de libertad e independencia decidí ir a un evento de la empresa para la que trabajaba. Mi ex jefa, ahora amiga, me consiguió boletos para un concierto. Me parece que no les he contado que me dan absolutamente IGUAL los conciertos. Es más hasta cierto punto me molestan. Pero era un día en el que había trabajado como loca para lanzar mi nueva página (mi nuevo trabajo) y no había tenido contacto con el mundo exterior. Ir a uno de estos conciertos es complicado si no casi imposible y yo tenía boletos. ¿Por qué no aprovechar?

Así que fui.

Para mi sorpresa me tocaron los peores lugares, literal los peores. Entré en un arranque de furia sobrellevada por mi ego al 1000% ¿Cómo era posible que A MI me habían dado estos lugares? ¡Después de que yo era de las que tenía injerencia sobre quién se podía sentar dónde y sabía perfectamente cómo funcionaba la cosa! Mi ego tomó control y me di cuenta. Pero después de aceptar su presencia tomé mi celular y empecé a mandar mensajes como loca a todos mis ex compañeros. Algo dentro de mí dijo: NO HAY MANERA que me voy a quedar aquí. Y escribí e insistí.

Una hora después, sentada en primera fila a escasos 2 metros del vocalista del grupo sonreía y extrañamente disfrutaba de la música. Voltee hacia donde había estado al principio y fue en ese momento que mi sonrisa se fue relajando y quedé con cara de duda frente a las cámaras que giraban a mi alrededor grabando el show. Me sentí extrañamente incómoda por todo lo que hice para estar en ese lugar en un evento que ni siquiera era mi máximo en la vida.

¿Me porté arrogante?

¿Me convertí en una de esas personas insoportables?

¿Quién me creo?

Me fui a dormir con ese sentimiento extraño y soñé que otro ex jefe (de la misma compañía) me daba trabajo en su nuevo negocio. Yo llegaba súper ilusionada y me explicaba que lo que quería era hacer del lugar un éxito y luego venderlo. Yo estaba entusiasmada hasta que me daba cuenta que era la única ahí y que el negocio era planchar. Sé hacer muchas cosas, pero no sé planchar. Lo que sentí fue total incomodidad ante la situación. Y la verdad es que me sentía menos. No me sentía valorada.

Hoy a la luz del día vuelvo a pensar en lo que pasó. Reviso los mensajes que mandé y ninguno fue arrogante, al contrario eran cordiales y sencillos. Les di las gracias a todas las personas que me contestaron, que se portaron amables. Me contestaron y no parecían resentidas conmigo, al contrario, estaban contentas de que había ido.

¿Qué pasó entonces?

Pasó que decidí que merecía más. Y aún mientras escribo en estos momentos me siento súper incómoda de decirlo. Pero es la verdad. Toda esta nueva vida que estoy construyendo paso a paso desde lo más básico es porque decidí que ya no quería lo que quería, pero hasta ahorita me doy cuenta que no sólo es lo que no quería. Es porque quería más. Y me di permiso.

Ayer ni me lo cuestioné y una fuerza desconocida me hizo actuar. Y lo logré. Hoy en retrospectiva me siento más empoderada que nunca. Porque aunque parezca ridículo lograr esa primera fila en el concierto me recordó que estoy dispuesta a hacer cosas que me sacan de mi zona de confort para llegar a ese lugar en donde el espacio entre la pasión y la vida es de menos de 2 metros.

Saludos desde la primera fila,

La Citadina.

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