Las banderas no ríen

Al tirano se le conoce por sus aduladores. Cuanto más tiesos, grotescos y rastreros se revelan ellos, menos pulgas sabemos que se carga él. Son como una gran banda de facinerosos, cuando no genocidas consumados, y así viven oteando por encima del hombro, en busca del siguiente traidor a machacar. Por lo pronto, compiten ferozmente por besuquear los pies del caudillo implacable y ostentar su aquiescencia a modo de idea propia. Beria, Jruschov, Bulganin, Molotov, Malenkov, Andreyev, Zhukov: ¿qué haría cualquiera de ellos, y todos en conjunto, a la muerte del padrecito Stalin?

No sé si me dan risa, en realidad. Temo que se adelantan asco y miedo, entre otros sentimientos cosquilludos, pero indudablemente son graciosos. Asisto a la película de moda presa del desconcierto de quien ya se debate entre burla y horror. ¿Es esto una comedia o es que la Historia se está riendo de mí? No ha sido necesario inventar mucho para que el guión de La muerte de Stalin funcione como sátira a costillas de sus protagonistas. Más allá de la masacre en proceso que sostiene al imperio proletario, la corte del tirano conforma un gran elenco de mamarrachos que en un descuido evocan a Los Tres Chiflados. No es que sean idiotas, sino que aparentarlo es su salvoconducto a la vejez.

Sólo de descubrir a Steve Buscemi, famoso por sus papeles del gánster, en el papel de Nikita Jruschov, uno entiende que al gobierno de Vladímir Putin le causara urticaria la metáfora y procediera a prohibir la película. La primera carencia del nacionalismo tiene que ver con el sentido del humor, en especial cuando es involuntario. No alcanza para chiste el desparpajo de Lavrenti Beria a la hora de ordenar asesinatos como quien organiza una kermés, si bien su desconcierto de lambiche cauto y amilanado, por no decir meloso y fariseo, es en sí mismo una caricatura que invita a regodearse en su ridiculez. ¿Pero qué va a quedar, entre tantas lisonjas de cartón, una vez que el tirano ha estirado la pata y va sonando la hora de hablar con la verdad?

Hay pocos esperpentos tan risibles como el montaje burdo que acontece tras la solemnidad de la ocasión. Educados en la diaria zalamería y avezados en la simulación, los miembros de la corte estalinista no dominan sino las artes del bufón, y como tales han de comportarse en la súbita ausencia del iluminado. Son farsantes sin guión, hipócritas desnudos, súbitos cobradores de cuentas tan antiguas como su abyección. Si desde el suelo de la Plaza Roja sus figuras apenas sobresalen de aquel balcón siniestro en lo alto del Kremlin, la cámara los sigue en sus momentos menos fotogénicos, allí donde la Historia elige hacerse la desentendida para no herir susceptibilidades.

Asomarse al complejo que palpita detrás del falso orgullo nacionalista equivale a bajarle los pantalones, o al menos eso piensa el ofendido, para quien aun las peores taras colectivas de lo que llama “nuestra identidad” son razón de ufanía empecinada. Hoy que gana terreno la moral pueblerina y la simulación supera a la razón, los patriotas de kiosco encuentran toda suerte de provocaciones en la mirada ajena. Agelastas, los llama Kundera: gente que odia la risa, a saber si por miedo a provocarla. Ríete de uno de ellos y te estarás burlando de la nación entera. Atrévete a opinar sobre sus certidumbres endogámicas y serás objetivo militar.

No hace falta construir un muro de hormigón y cobrárselo entero a tu vecino para rendir tributo a las fronteras. El palurdo garboso las mira en todas partes, lo suyo es dividir al mundo entero entre nosotros y ellos. Nadie, sino el paisano o correligionario, podrá nunca igualársele. Tampoco las costumbres de los otros serán equiparables —vamos, ni comparables— a las que tanto orgullo le producen y ni en sueños se cansa de enaltecer. En cualquier caso, el otro es siempre sospechoso. De hecho, todo lo malo le ha llegado de fuera, tampoco eso se aburre de embarrártelo. Nada es nunca lo mismo allá que acá, a menos que se trate de alguna copia burda y envidiosa. En el fondo, quizá, se teme un pobre diablo, de ahí tanta insistencia en recordarte que es mejor que tú.

Tal vez lo más gracioso y al propio tiempo atroz de La muerte de Stalin, aquello que hasta hoy el caudillo del Kremlin no puede darse el lujo de admitir, sea esa exhibición de hipocresía absoluta donde todo es mentira descarada y la Historia se mueve en función de una farsa estrafalaria y hueca. Ahí donde como el absurdo emborrona los límites entre drama y comedia, ser héroe o enemigo de la tribu viene a ser un asunto meramente aleatorio. Nada que Solyenitzin no contara en detalle: faltaba sólo el zoom para ver al bufón detrás de cada monstruo.

Este artículo fue publicado en Milenio el 10 de marzo de 2018, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL

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