Odiado colega

En 1998 Paul Theroux se apartó de sus celebrados libros de viajes en tren para contar la historia de su amistad con V. S. Naipaul, que terminó con la peor humillación que puede recibir un escritor: Theroux fue a una librería de viejo y encontró los ejemplares que a lo largo de varias décadas le había dedicado a su colega y mentor. La sombra de sir Vidia refleja en forma ejemplar la admiración, la envidia y el desencanto que puede existir entre escritores.

Ese libro permitía recordar ciertas tramas de Henry James donde la esmerada cortesía esconde rivalidades soterradas. En el trato con sus colegas, el autor de Daisy Miller evitó todo conflicto y fue capaz de elogiar a H. G. Wells señalando que sus logros eran tan elevados y ajenos a lo que él hacía que los disfrutaba sin poder describirlos.

Seis años después de la publicación de La sombra de sir Vidia, Henry James protagonizó una trama de tensiones literarias que parecía urdida por él mismo. David Lodge dejó a un lado las comedias de campus que tantos lectores le han traído para explorar uno de los momentos más peculiares en la historia literaria: el doble fracaso de un clásico.

James renovó la literatura y con el tiempo alcanzaría el raro privilegio de ser celebrado por la academia, los lectores y el cine. Pero nadie es un clásico para sí mismo, o nadie es un clásico en tiempo real. A diferencia de su amigo Wells, James se consideraba un novelista sin público, ignorado por la vulgarizada sociedad industrial que se alejaba progresivamente de los minuciosos misterios que ocurren durante una velada en una casa de campo. Para sobreponerse al ninguneo de los lectores, probó su mano en el teatro. Escribió una obra y fue incapaz de entender en los ensayos que el texto carecía de dramatismo. El estreno lo encontró al borde de una crisis nerviosa. No se sintió capaz de ver la representación y fue a un teatro vecino a presenciar una obra de Oscar Wilde, que le pareció espantosa y que le encantó al público. Mientras el auditorio aplaudía rabiosamente, regresó al teatro donde el telón caía sobre su obra, en medio de abucheos. Incapaz de valorar su auténtico talento, James trató de superarse ejerciendo un género para el que tenía menos talento. Lodge retrató este episodio en su novela ¡Autor, autor!

Los editores desconfiaron un poco del giro que daba un autor que tanto rédito le había sacado a la picaresca intelectual; aun así, repitieron el anticipo concedido a su obra anterior. Todo marchó sobre ruedas hasta que uno de esos chismosos de alta escuela que leen los libros antes de que se escriban informó a Lodge que otro autor estaba a punto de publicar una novela con el mismo tema.

En efecto, el irlandés Colm Tóibín desentrañó en El maestro los años finales de James y su decepcionante paso por el teatro. ¿Era posible que dos novelas se ocuparan simultáneamente de un asunto idéntico? ¿Acaso Tóibín había compartido cervezas en un bar con alguien que le adelantó en qué trabajaba Lodge? La verdad era más terrible: Tóibín no se había inspirado en ¡Autor, autor! por la sencilla razón de que su novela era muy superior (según los críticos, pues el rival se negó a leerla). Con desarmante honestidad, Lodge refiere estos sucesos en El año de Henry James.

El maestro fue nominada al Premio Booker. Lodge contempló la ceremonia desde su casa y sintió un cosquilleo de satisfacción cuando esa obra no fue premiada. Aun así, tuvo que admitir que el consenso favorecía a su contendiente.

Nada de esto derivaba de una animosidad personal. Los autores se habían visto alguna vez, con buen ánimo. La vida literaria volvió a reunirlos en un almuerzo y el irlandés se anotó otro triunfo: tuvo la deferencia de llevar un ejemplar de ¡Autor, autor! para que su colega inglés lo autografiara. Esta amabilidad dejó a Lodge en tal desventaja que pagó la cuenta.

“Hasta ahora la posteridad no ha hecho nada por nosotros”, escribió Oscar Wilde. Henry James, que no lo admiraba, encarnó con melancólica elegancia ese aforismo. Desconocedor de su verdadero alcance, ignoraba que en la imprecisa posteridad otros autores competirían para retratarlo.

El vicario triunfo de ¡Autor, autor! es que, por comparación, hace que El maestro sea aún mejor. Un tema para James.

Los clásicos no dejan de escribir.

Este artículo fue publicado en Reforma el 09 de marzo de 2018, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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