Lo que el mocoso diga

“Si los niños gobernaran al mundo y en lugar de guerra se ordenara jugar…” Si no recuerdo mal, era yo niño aún cuando aquella canción espeluznante ya sonaba en la radio. Hace falta una ñoña desmemoria para afirmar —peor todavía, cantar— que alguien querría vivir sometido a la ley de los niños, que suele ser tiránica y proclive a la crueldad, amén de caprichosa, vacilante y a veces consecuente con las fantasías más desenfrenadas. ¿Cuántas infamias cometemos de niños a costillas de toda clase de insectos? ¿No estarían las puras hormigas, por ejemplo, facultadas para certificar el modelo de averno que puede ser el mundo en las manos de un niño sin quehacer?

Antiguamente, entre la alegre niñez y la grave edad adulta solía interponerse un paquete de medias verdades que íbamos aceptando con los años. Finalmente, las normas de los grandes eran bastante menos claras y rígidas de lo que nos habían hecho creer. Si bien uno aguantaba cierta dosis de ortopedia social, consistente en al menos guardar algunas formas y cumplir unas cuantas cortesías, aducía asimismo que era mayor de edad y se hacía responsable de sus actos. Ello le facultaba, entre otras cosas, para apartar a un hijo del mal camino sin por ello tener que moverse de ahí. ¿Apagaban siquiera su cigarro quienes nos regañaban por comer porquerías? ¿Cómo, si eran mayores y, como ellos decían, sabían lo que hacían? No serían quizás adultos ejemplares, pero era su papel y a él se plegaban.

Hoy día, tal parece, nadie quiere crecer. Ese deber vetusto de hacerse responsable por lo que sea, empezando por las propias palabras, parecería abusivo a los ojos de tantos adultos renegados. Al igual que en el mundo de los niños, donde se es policía o ladrón según convenga al juego y sus participantes, no se exige al adulto que justifique, pruebe o tan solo acabe de entender todo aquello que dice, vocifera o escribe, por más que sea dudoso y de pronto infamante. ¿No bastaba en la infancia con que unos cuantos compañeros de clase se burlaran de algún defecto tuyo —imaginario o real, eso daba lo mismo— para ya en adelante resignarte cargar con ese sambenito? ¿Quién requería pruebas, o cuando menos rastros de que Perenganita tenía orejas de puerco o Zutanito cara de baboso?

En otros tiempos, uno daba por hecho que el supuesto hombre más poderoso del mundo era evidentemente mayor de edad, y en tanto ello se hacía responsable por sus hechos y dichos. Hoy esa garantía no existe más. ¿Exagero si digo que la estabilidad del mundo entero está en manos de un virtual menor de edad que no por peinar canas es menos berrinchudo, voluble, cínico, ignorante, inconsecuente, irresponsable, cruel y arrebatado que un escuincle mimado de 9 años? Todos los días suelta mentiras y calumnias, insulta a quien se opone a sus ocurrencias y cambia de opinión desvergonzadamente, sin que sus partidarios y achichintles pierdan el entusiasmo al aplaudirle. Como lo harían, por cierto, los dóciles lacayos de aquel herederito malandrín que juega a sobajarlos sin pagar consecuencias.

Si volviera a ser niño, jugaría feliz a que soy candidato y digo cuanto viene a mi cabeza, por idiota que suene, ante una multitud de sordos aquiescentes que de cualquier manera oirán lo que quieran escuchar. Me aliaría por igual con héroes y villanos (impresentables éstos y dudosos aquéllos) y aun si sus ideas fueran opuestas a las supuestas mías, puesto que en realidad cualquier argumento —juguetón, fantasioso, exagerado, falso— sería suficiente para hacerme absolver. ¿Y no era justamente el copretérito la herramienta que nos habilitaba para dar vida a un mundo imaginario? ¿”Yo era un hombre muy malo, pero al día siguiente amanecía bueno”?

Funciona, en estos casos, apelar a unas cuantas profesiones en teoría muy serias, como sería el caso de la medicina, para hacer un contraste explicativo. ¿Qué diríamos de un médico que cambia de opinión a cada rato y la sustenta siempre en argumentos huecos y tramposos? Es posible saber cuántos pacientes se le han muerto a un doctor, ¿pero quién va a contar las víctimas fatales de un error cometido desde el poder? ¿No es claro que un politicastro empecinado resulta infinitamente más peligroso que, digamos, una docena de psicópatas con bisturí?

Nunca antes tantos niños gobernaron al mundo, ni hubo tantos menores de edad mental dispuestos a seguirlos irreflexivamente, presas de un entusiasmo comparable al de quien se ha sumado a algún juego inocente donde todo es posible, por irreal. ¿Qué es toda esa basura de la posverdad, sino un mero capricho de mocosos malcriados y chapuceros a quienes ni los hechos osan contradecir, no sea que se den topes en la pared? ¿Pero quién, que no sea la adulta realidad, los aguarda tras la última rabieta para darles la zurra que a pulso se ganaron? ¿Vale decir que esta última pregunta es solo un buen deseo de Año Nuevo?

Este artículo fue publicado en Milenio el 30 de diciembre de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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