Entre el púlpito y el podio

¿Quién que domine un podio querría descender a un escritorio? Algo tienen de púlpito los podios, nada hay más natural que apelar a milagros desde allí. La gente tiende a creer en quienes le hablan sobre una tarima. “Por algo estará allá”, aseguran los cándidos, con esa admiración irracional que suele despertar lo inalcanzable. El escritorio, en cambio, carece del encanto de la hechicería y rara vez alcanza para darse a creer en prodigios divinos. El escritorio aburre porque su perspectiva no pasa de la triste realidad, donde abundan los límites, escasea la magia y sobran los motivos para quejarse.

No consigo entender cómo es que tanta gente se gana su escritorio desde el podio. Algo no muy distinto de hacerse con un grado académico sin tener que salir de la cantina. Ya sabemos que la parranda es pródiga y ayuda a concebir tantas hazañas como lo quiera la imaginación. Hacer planes, ofertas y promesas en la barra de un bar bien atendido es tan simple como volver a la niñez y proclamar que es uno superhéroe. ¿Quién, que se halle en el mismo estado etílico, cuestionaría el pensamiento mágico del que ya vuela a lomos de la fantasía y descubre un futuro luminoso en las tinieblas mismas de su intelecto?

Quienes alguna vez caímos en el truco de un hábil merolico sabemos que es muy fácil dar por hecha una proeza totalmente ilógica. Basta con que te digan lo que quieres oír para encontrarle sentido y sustento al disparate más desfachatado. Y si eso hace un merolico para vender docenas de pelapapas sin filo, ¿qué no hará desde un podio quien se lanza a ofrecer recompensas abstractas y abundantes a un público impedido de probar lo contrario? Pues para eso hace falta un escritorio poblado de papeles, a su vez pertrechados con cifras pertinentes y cálculos precisos que tanto al merolico como al amo del podio le son no sólo inútiles sino perjudiciales.

Desde el podio o el púlpito —el orador mañoso los hace confundibles— es fácil transportar a los presentes a estados alterados de conciencia, donde los imposibles parecen inminentes y apenas hay distancia entre anhelo y certeza. La verborrea emborracha a los incautos, más aún cuando apela al sentimiento y desdeña sentido y cabalidad. No hay crédulo entusiasta que acepte someter una oferta sencilla y melodiosa al escrutinio amargo de los números. Y ocurre lo contrario, en realidad. La turba esperanzada desconfía del sabihondo y se entrega sin más al inspirado, no porque lo que dice parezca verosímil sino porque la fe es más auspiciosa y bajo su dominio la duda se hace odiar. ¿No es acaso más guapa la verdad cuando de pronto parece mentira y hace falta un pellizco para creérsela?

La gente habla muy mal de los amos del podio, si bien la mayoría está dispuesta a hacer una excepción. Como ocurre en el caso de la pasión amorosa, el público hechizado por las grandes palabras (aun aquellas que sufren de pésima sintaxis) da crédito irrestricto a lo que cree entender que le conviene porque ya descubrió que le acomoda. De quien habla en lo alto sin respuesta posible se esperan instrucciones y consuelo, igual que el seductor profesional despierta toda suerte de ilusiones sin aportar la menor garantía.

A menudo, la relación entre escritorio y púlpito resulta inversamente proporcional. Quienes dominan uno suelen trastabillar delante del otro, y esto es una tragedia pues da grandes ventajas a los charlatanes y deja en entredicho a aquellos anticuados que pretenden sentarse a trabajar. No hay mucha diferencia entre el par de borrachos inspirados que hacen cuentas alegres en torno al porvenir y el líder del micrófono que se siente insultado por quien le pide cuentas precisas de sus dichos. No da lustre fijarse en mezquindades como las meras reglas de la aritmética, una vez que se asoma la grandeza que promete cambiar el curso de la Historia.

Al optimista ciego le incomoda hacer cuentas. Tiene delante un fajo de billetes relucientes y no le alcanza el tiempo para pensar en la hilera de deudas que le acechan. La idea es dar por bueno y deseable, más todavía si se sabe imposible, pues desde el podio no hay proeza irrealizable. ¿A cuántos de los líderes que hoy día nos prometen multiplicar los panes y los peces puede uno imaginarlos detrás de un escritorio? ¿No se trata, por cierto, de que una vez que se hagan acreedores al puesto que persiguen nos hagan la valona de sentarse un buen rato a trabajar?

Entre púlpito y podio tendría que haber distancia, pero los hechizados no la ven. Preferirían, de hecho, suscribirse a milagros y fantasmagorías que soportar la afrenta de someterse al imperio prosaico de lo probable. No es fácil, por lo visto, aprender la lección del merolico.

Este artículo fue publicado en Milenio el 02 de diciembre de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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