Nuestro crítico

“Todo crítico es el eunuco de un autor”, dijo con melancolía George Steiner, maestro de la crítica. Con frecuencia, quien se dedica a comentar libros ajenos preferiría crearlos y encuentra una curiosa compensación en discutirlos. En este sentido, la crítica es la forma más fecunda de la impotencia. También es la más generosa. De ahí que el propio Steiner, luego de lamentar su condición parasitaria (el comentarista llega, necesariamente, después del autor), se describa como un cartero. A través de las épocas y las lenguas, al margen de las modas y el continuo desplome de la educación, transmite lo que otros escribieron.

Aunque se trata de un oficio imprescindible para la salud de una cultura, no abundan los comentaristas literarios. “La crítica está en estado crítico”, comentó Javier Marías al describir la situación de España.

México, cosa rara, cuenta con alguien que se ha convertido en sinónimo del arriesgado trabajo de juzgar a los demás: Christopher Domínguez Michael, que el pasado 3 de noviembre ingresó al Colegio Nacional. En su espléndido discurso inaugural comentó: “Los críticos leemos mucho, escribimos mucho, nos equivocamos mucho”. El que analiza no siempre acierta. Como el árbitro de futbol que en un segundo de vértigo sopla la justicia en su silbato, el crítico lanza veredictos de los que quizá se arrepentirá más tarde.

Me encantaría que Christopher hubiera sido más específico en la frase citada: “Lamento haber juzgado en forma tan negativa a Juan Villoro”. No hay autor que no sueñe con el momento inverosímil en que un crítico “recapacita”, es decir, lo elogia. No es ese su trabajo. Como tantos otros, debo resignarme a que la inteligencia de nuestro principal crítico decida que no siempre valgo la pena. ¿Es su juicio intachable? Por supuesto que no, ni debe serlo. El crítico pone en juego el conocimiento y la subjetividad, milita a través de la pasión, se atreve a perder amigos.

Si el estadio castiga al árbitro denunciando la dudosa honra de su madre, el autor desacredita a su reseñista considerando que lo condena por razones extraliterarias. Varias veces, Domínguez Michael ha enfrentado la resistencia de un gremio con perpetua sed de reconocimiento, lo cual confirma la autoridad que ha ganado entre nosotros.

Durante más de treinta años ha revisado la producción contemporánea en revistas y suplementos. Esta tarea de maratonista del instante no le ha impedido crear una dilatada obra analítica. Con valentía, publicó una novela breve, otorgando a sus adversarios (en cierta forma, todos los “creadores” lo somos) la oportunidad de criticarlo o la venganza superior de ignorarlo.

Autor, entre muchos otros libros, de una titánica biografía de fray Servando Teresa de Mier, que le valió el Premio Villaurrutia, ensayos sobre la relación entre política y literatura (Tiros en el concierto), una historia de la literatura mexicana del siglo XIX (La innovación retrógrada) y otra de nuestro siglo XX, escrita en compañía de su maestro José Luis Martínez, y un Diccionario crítico de la literatura mexicana, Domínguez Michael ha ejercido, como Octavio Paz y Jorge Cuesta, la pasión crítica sin buscar consenso instantáneo.

Su fortaleza consiste en vincular la escritura con el contexto social que la hace posible. Es mejor explicando la influencia del catolicismo, la provincia y la Revolución en Ramón López Velarde que comentando la procedencia de su verso alejandrino “Ojos inusitados de sulfato de cobre”. Las minucias le interesan menos; es más un muralista que un dibujante. Pero no se le puede pedir al crítico que ejerza todos los enfoques, incluyendo, por supuesto, el de descubrir que uno es estupendo.

En tiempos de la posverdad, los efímeros linchamientos de las redes sociales, la propaganda de los consorcios editoriales, los dogmatismos de las academias, el pensamiento único y los gaseosos laberintos de la teoría, es de celebrar que un crítico ponga en tela de juicio las escrituras de su tiempo e invite a ejercer los privilegios de la discrepancia.

Miles y miles de páginas -la mayoría eruditas, todas ellas encendidas, algunas arbitrarias, otras meramente rabiosas- acreditan el trabajo de Christopher Domínguez Michael. Ese mosaico de la mente y las emociones no pide adhesión ni obediencia; propone algo más insólito: pensar por cuenta propia.

Este artículo fue publicado en Reforma el 10 de noviembre de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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