Contra el “demasiadismo”

Sucede todo el tiempo y cada día más: la exageración pasa por elocuencia. “Soy adicto al café”, me confiesa un amigo con extraña ufanía. ¿Quiere decir con ello que padece una compulsión incontrolable por la cafeína, al extremo de verse esclavizado por la necesidad de consumirla? ¿Que el café ha hecho de él un toxicómano y por más que lo intenta no consigue dejarlo? Por supuesto que no. Lo que busca mi amigo es hacerme saber que le gusta el café y lo disfruta en cada oportunidad. El té, en cambio, lo evita por sistema, y si alguien se lo ofrece le responde con énfasis semejante, mismo que a su pesar no alcanza a ser irónico: “No soy demasiado fan del té”. ¿Cómo hacerle entender al exagerado que dice exactamente lo contrario de lo que se ha propuesto expresar?

Dios o el diablo nos libren del afecto infumable de quien “nos quiere demasiado”, pues de ser eso cierto sufriremos su acoso y persecución, por más que le roguemos que ya nos deje en paz. Afirmar que alguien es demasiado simpático equivale a tacharle de impertinente, pues se entiende que suele pasarse de la raya y para efectos prácticos es un antipático. De igual manera, quien se jacta de no-ser-demasiado-afecto al sushi está dando a entender que lo disfruta moderadamente. Pues lejos de acusar placer y preferencia, “demasiado” supone un impedimento.

Ser, por ejemplo, demasiado joven o demasiado viejo para cierto trabajo significa incumplir un requisito básico para desempeñarlo. Consumir demasiada azúcar no es simplemente gustar de lo dulce, sino ser candidato a la diabetes. Decimos que Mengano es demasiado bueno para implicar que se pasa de ingenuo y peca ya de bobo. Hoy día, sin embargo, la palabra disfruta de una celebridad más bien absurda, como si no bastara con usar el “muy” para hacer ver el grado superlativo. Quien comió bien o mucho puede estar satisfecho, no así quien ha comido demasiado y muy probablemente padece los efectos de la indigestión. ¿Y no tendría que haber alguna frontera entre el sano deleite y la incontinencia?

Algo muy similar sucede con el tema del fanatismo, que según nos instruye el diccionario significa “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. Fanático es quien no entiende razones, y en realidad las encuentra sobrantes, pues sus certezas fijas y en realidad estólidas le hacen avergonzarse de la eventualidad de cuestionarlas. Pero si el fanatismo ya es exagerado, ¿qué decir de esos falsos elocuentes que se jactan de ser “demasiado fanáticos” de esto o aquello? ¿Será que puede estarse demasiado difunto, demasiado inconsolable, demasiado preñada… demasiado de más?

Es frecuente que el ansia de elocuencia tenga que ver con el prurito de llamar la atención. Lo vemos en los niños, que con la ligereza propia de su edad juegan a adjudicarse las más dudosas cualidades, hasta que algún adulto repara en sus palabras y con alguna suerte se espeluzna. Y lo mismo sucede con el adolescente que fuma o se emborracha sin medida, en espera de que su desafío despierte el interés de sus mayores. “Así como me ves, soy capaz de esto y más…”, nos dice su expresión de travesura. Hay, detrás del absurdo exagerado, el anhelo apremiante de encantar a los otros, así sea por la vía del espanto, con tal de no pasar inadvertido. ¿Qué otra cosa es el gusto por la celebridad de pacotilla —la fama por la fama, hoy tan buscada— sino pavor a la insignificancia?

Si echamos un vistazo a los perfiles en las redes sociales, encontraremos incontables ejemplos del orgullo a partir de los defectos. Neurosis, sectarismo, patanería, estulticia o ignorancia se ostentan como grandes atributos, puesto que al fin es siempre más sencillo enarbolarlos que tratar de combatirlos. ¿Cuántos no se envanecen de llamarse “chairos” —es decir chaqueteros, beatos irreflexivos, llenos de convicciones huecas e insostenibles—, ávidos de un estigma que quiere ser prestigio? ¿No es demasiado fácil vestir de desafío la claudicación?

Quiere el exagerado irreflexivo que al genuino valiente se le llame “suicida”, pues la osadía sólo le parece bastante si se estira hasta el mero confín, donde la lucidez resulta deslucida y la pasión postiza ocupa su lugar, orondamente. Se busca decir mucho y se acaba gritando demasiado, lo que es igual a nada. “No soy demasiado fan de la lectura”, confiesa quien jamás ha abierto un libro, pero si así lo fuera no sería un bibliófilo incansable —“lector voraz”, se llaman a sí mismos los coquetos— sino acaso un demente comparable al emblemático Alonso Quijano, que por leer demasiadas novelas de caballería terminó por creerse hidalgo del medioevo.

“El abuso de los excesos conduce al palacio de la sabiduría”, decía William Blake, provocadoramente. No estaría de más añadir que en el mismo camino abundan los atajos que llevan a los meandros de la necedad.

Este artículo fue publicado en Milenio el 28 de octubre de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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