El suelo movedizo

¿Estás bien?”, me preguntan, y yo digo que sí porque es lo que me toca. O porque en estos casos estar bien significa el alto privilegio de seguir vivo, ileso y en tu casa. Digamos que estoy bien comparativamente, habida la desgracia circundante. Me miro en el espejo y soy el mismo, entiendo que esa ya es una inmensa fortuna. Otros, muchos, no tienen ni el espejo; tampoco la pared para colgarlo. Devoro el día entero noticias al respecto, presa de una manía compulsiva que no me deja en paz, ya que la información no sólo no me basta sino que es además ambigua, confusa y casi siempre falsa, parcial o prematura. Es como si trajera alebrestadas las entrañas y nada en medio de esta larga quietud me compensara con algún sosiego. Claro que no estoy bien, pero eso a quién le importa. Todos estamos mal, aunque igual lo neguemos porque no es hora de significarse.

Pocas veces habla uno tanto y tan seriamente de la vida y la muerte como en los días que siguen a un terremoto, lo raro es que alguien sepa lo que dice. Pero eso importa poco, si al cabo lo que cuenta es acallar las voces del silencio, con todos esos ecos chocarreros. Somos como esos niños preguntones que no paran de hacer consultas ñoñas a lo largo de toda la película, sólo que no hay un padre protector que nos saque de la cueva del ogro con una explicación confortadora.

¿Qué pasa con la ciencia? Que todos la invocamos y ninguno se pone de acuerdo. ¿Cómo no salpicarla de superstición, farsa, embuste o fantasía, entre tanta chatarra informativa? ¿Cómo evitar creer únicamente lo que nos tranquiliza, o al contrario, lo que más nos alarma? Lo sabio, en todo caso, sería no creer nada de nada, pero la perspectiva es aún más agobiante. ¿Quién pudiera ahora mismo, igual que el hombre absurdo de Camus, enseñarse a vivir sin apelación?

Nos aferramos a las pequeñas verdades, por más que puedan ser grandes mentiras. Sobran quienes se esmeran en ofrecer consejos y opiniones prácticamente inútiles o contraproducentes, pero una vez que el suelo se ha movido a ver quién va a pensar con solidez. “Están todos en shock, y tú también”, me alerta una sesuda psicoanalista, sentada en el asiento a mi derecha, no bien he dado un par de volantazos y me dispongo a entrar al Periférico. Es decir que no sólo es mal momento para intentar cualquier temeridad, sino al menos para confiar en mí mismo. Por más que el del espejo sea yo, el de adentro es una bestia asustada. Ya sea que me muestre gentil y generoso o díscolo y apático, lo probable es que no sepa lo que hago y actúe por influencia del puro desconcierto. No sé si sea esto lo que los deudos suelen llamar consternación, pero es verdad que atrás de este gesto impasible me está comiendo el mismo miedo que al vecino.

De preguntas estúpidas ni hablar. Las formulamos todos, a toda hora. Suelen ser tan obtusas como las conjeturas que las siguen y sabrá el diablo si más eficaces que sentarse a llorar con la humildad del caso. ¿Quién, que haya visto el rictus de la muerte, no tiene un arsenal de preguntas idiotas al filo de la lengua? La única conjetura perfectamente válida es, según me parece, que nada garantiza que en el próximo instante no nos trague la tierra. Ya sea que apelemos a Dios, la ciencia, la magia o el hi-tech, el riesgo sigue ahí, como un espectro. Puede que sea absurdo, pero ésa es su ventaja. Nadie tiene defensa contra el sinsentido.

Es por supuesto incómodo vivir en la certeza del absurdo. Resignarse es un poco darle tregua a la muerte, así tenga que ser unilateralmante, pero no siempre ayuda el horizonte. ¿Quién, que haya conocido la ciudad después del terremoto del ‘85 ha olvidado el paisaje de edificios desplomados que por tan largos años nos hiciera siniestra compañía? ¿Quién va a garantizar a los sufridos, diezmados y arruinados pobladores de Jojutla, Morelos, que de aquí a diez años su ciudad se librará del aura de tragedia que hoy la tiene derruida como un pueblo fantasma? ¿Quién de nosotros manda sobre los fantasmas?

“Estoy bien, muchas gracias”, repito una vez más y sonrío para adentro porque igual me conmueve que varios amigos me buscaran primero que yo a ellos. Miento, claro, pero eso ya lo saben y me mienten con igual cortesía, porque tras semejante shock masivo y simultáneo lo único raro es ser ajeno a él. Decimos, escribimos, pensamos, resolvemos con la mayor claridad posible en medio de la niebla circundante. Resignarse a la vida implica de repente ciertos trámites lentos, como diluir la sombra del espanto y traer de regreso a la belleza. En eso andamos, pues. Por eso estamos bien.

Este artículo fue publicado en Milenio el 23 de septiembre de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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