Desde Marte

Hace treinta y cinco años vivía en Berlín Oriental y extrañaba los libros en español. En la Embajada de México di con una estupenda colección de textos científicos editados por el Conacyt bajo la supervisión literaria de Augusto Monterroso. Entre ellos se encontraba Los sonámbulos, de Arthur Koestler, apasionante narración sobre la conquista intelectual del cosmos.

Aunque todas las historias de los escrutadores del cielo tenían un sesgo formidable, ninguna superaba la turbulenta relación entre Tycho Brahe y Johannes Kepler, que se necesitaban y repudiaban. Brahe había registrado los movimientos de los astros con insólito detalle, pero no sabía qué hacer con ellos, y Kepler disponía de la mejor mente para interpretarlos, pero carecía de datos. El científico empírico podía ser completado por el teórico y viceversa. Hasta aquí todo bien, pero si uno de los dos prevalecía, borraría la participación del otro.

Brahe y Kepler eran “opuestos necesarios”. Sus personalidades no podían ser más contrastadas. Brahe era un aristócrata danés que había construido observatorios y sofisticados instrumentos de medición. Estudió en Alemania, donde perdió la nariz en un duelo (excéntrico de tiempo completo, perfeccionó su aspecto con una prótesis de oro y plata). Su mascota era un alce que bebía cerveza y su compañía más fiel, un enano. Kepler era veinticinco años menor y estaba aquejado de un sinfín de males reales e imaginarios; su descomunal inteligencia no siempre encontraba utilidad; carecía de habilidades mundanas, había conocido la pobreza y huía de las guerras religiosas de Alemania. Tycho lo invitó al castillo de Benatek, donde se desempeñaba como cosmógrafo de Rodolfo II, el alucinado rey de Bohemia, que vivía rodeado de angelólogos, alquimistas y lectores de nubes.

Kepler tenía pésima vista y nunca pudo disponer de un telescopio. Su única posibilidad de conocer las estrellas eran las tablas de medición de Brahe. Para ponerlo a prueba, su anfitrión le dio los datos del planeta más caprichoso, el “recalcitrante Marte”, como lo llamó Plinio. Sobrevino entonces una lucha entre dos visiones del mundo, un pleito tan extraño y productivo que se podría confundir con la complicidad. De esa peculiar relación surgieron las leyes sobre las órbitas de los planetas.

En 1982 pensé que esta íntima rivalidad tenía las condiciones de una obra de teatro. En términos astronómicos la escribí bastante rápido, pues sólo tardé treinta y cinco años. En el camino leí diversas biografías y obras de ficción, entre ellas la novela de Max Brod -el gran amigo de Kafka- sobre Tycho Brahe y la de John Banville sobre Johannes Kepler. Numerosos autores se me adelantaron en la fascinación por estos personajes.

El demorado proceso de escritura me deparó una revelación: la obra debía tratar de los astrónomos, pero sólo en parte. Escribir de cosmógrafos europeos se asemejaba a las extravagancias de Brahe. El tema no dejaba de quedarme lejos. Me atraía inventar un falso latín para relacionar a dos científicos del siglo XVI, pero también me atraía mantener contacto con mi parcela en la Tierra.

Decidí combinar las vidas de los astrónomos con las de los actores que los representan. La fuerza de gravedad que mueve a los planetas adquirió un correlato emocional en las atracciones y repulsiones que deciden un trazo escénico. La desobediencia de Marte acabó siendo una reflexión sobre el teatro y la relación padre- hijo. Las pugnas entre los astrónomos me llevaron a explorar la vida secreta de quienes asumen otro destino en escena. El texto transitó de lo más remoto a lo más próximo, de la deriva de las galaxias a la persona que respira a nuestro lado.

Los dramaturgos nos parecemos a Sergei Krikalev, el astronauta que se quedó en órbita cuando desapareció la Unión Soviética y pasó largos meses sin poder volver a Tierra. Escribimos “perdidos en el espacio” hasta que otros nos devuelven a un suelo común, el teatro.

Mi errancia de treinta y cinco años concluyó ayer. La desobediencia de Marte se estrenó con Joaquín Cosío y José María de Tavira bajo la dirección de Antonio Castro y con instrumentos de medición inventados por Damián Ortega. Por falta de espacio, no menciono a los demás rescatistas. Baste saber que sin ellos seguiría en órbita, lejos del mayor misterio astronómico: la vida en la Tierra.

Este artículo fue publicado en Reforma el 04 de agosto de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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