Las dos ciudades

Perder una ciudad, formidable recurso literario. En ocasiones, un novelista se aleja voluntariamente para recuperar su entorno con la agudeza que sólo concede la nostalgia. Después de abandonar Dublín, James Joyce pudo recorrerlo en la escritura. Otras veces, el desplazamiento es forzado por la historia del mundo o los avatares de una familia. Günter Grass dejó la Ciudad Libre de Danzig y Salman Rushdie emigró con los suyos de Bombay a Londres. Lo decisivo es que el desarraigo pide ser compensado con historias.

El poeta polaco Adam Zagajewski, reciente Premio Princesa de Asturias, nació en la ciudad de Lvov, que fue anexada por la Unión Soviética cuando él tenía cuatro meses. Su familia se trasladó a Gliwice, donde los muebles sólidos recordaban que el poblado había pertenecido a Alemania y los recientes mostraban la fragilidad con la que el socialismo polaco recompensaba al “hombre nuevo”.

La función más significativa de la paternidad consiste en recordarle a los hijos lo que sucedió en sus primeros años de existencia, el tiempo fugado al que no accede la memoria. Zagajewski creció oyendo historias de la hermosa ciudad que habían tenido que abandonar, muy distinta al gris paisaje de Gliwice. La belleza se convirtió para él en el tesoro perdido que añoraba desde un suburbio donde la única construcción de relieve eran las gradas vacías del estadio de futbol.

Algo cambió con la literatura. En un entorno que parecía no inspirar nada, Zagajewski encontró el esquivo fulgor de la dicha. “Intenta celebrar el mundo mutilado”, dice en uno de sus versos. En forma semejante, Milan Kundera se refirió a la “belleza por error” para definir el placer estético que deriva de las cosas que deberían repudiarlo.

En Dos ciudades, su libro de memorias, Zagajewski profundiza en esta idea. Su esencial rito de paso consistió en descubrir que la flor azul de la poesía puede brotar en un sitio equivocado: “Una bicicleta, un cesto de mimbre, una mancha de luz en la pared” dejaron de ser “objetos catalogables” y se convirtieron en misterios “con mil significados secretos”. Las calles sin gracia que recorría hasta entonces adquirieron el aura que sus mayores conferían a Lvov, la otra ciudad. El poeta convoca la belleza donde no parece tener derecho de existencia: “Existe un sentido habitualmente oculto aunque asible en los momentos de máxima concentración en los que la conciencia ama el mundo. Captar este difícil sentido equivale a vivir una felicidad muy peculiar, perderlo conduce a la melancolía”.

El habitante de la Ciudad de México no necesita ser deportado para perder su tierra natal. La urbe se ha transformado en tal forma que ofrece dos ciudades, una está hecha de los evanescentes relatos de la memoria colectiva, y otra, de la devastadora expansión cotidiana.

Ninguna otra época ha registrado cambios semejantes. Cuando nací, la Ciudad de México rondaba los cuatro millones de habitantes y ahora se acerca a una cifra tan incierta como amenazante, cuatro o cinco veces mayor.

Vivimos en dos planos simultáneos. El Eje 5 Sur, antes Eugenia, permite avanzar sobre las huellas que dejaron las palmeras para llegar al Oxxo que vende quincalla comercial en una esquina donde antes se alzaba una casona de principios del siglo XX. Cada generación adapta su memoria a estas transformaciones y constata que la ciudad recorrida no es la misma que la recordada.

Zagajewski invita a celebrar el mundo mutilado y advierte que no hacerlo “conduce a la melancolía”. La Ciudad de México provoca ambas reacciones. Los zapatos colgados de un cable de luz, un árbol cubierto con motas de colores que antes fueron chicles, un crepúsculo de rubor químico, las banquetas destrozadas por las raíces de los árboles, semejantes a los hielos rotos por un acorazado, suscitan una rara sensación de dicha. Al mismo tiempo, el tráfico es insoportable.

La ciudad ha perdido toda posibilidad de ofrecer un discurso armónico, pero la gente y la naturaleza no se rinden, alguien decora una barda con un graffiti y la hierba crece en todas las grietas.

La ciudad real produce otra ciudad, imposible de encontrar, que necesita ser imaginada para ser querida.

Escribir sobre ella provoca el placer inagotable de lo que no se alcanza, lo que puede ser concebido pero jamás será dicho con palabras.

Este artículo fue publicado en Reforma el 16 de junio de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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