Gazpacho y democracia

Julio Camba encontró en 1946 un título perfecto para el cronista de vocación dispersa: Sobre casi todo. Ahí se ocupa de las drogas y su posible repercusión en España. A diferencia de Baudelaire, que bautizó a los estimulantes como “paraísos artificiales”, el maestro de Pontevedra advirtió que su país no estaba listo para tamañas novedades. ¿Se podía cambiar el menú de cuatro platos, puro y coñac por el opio que adormece el cuerpo mientras despierta la conciencia? Un pueblo aficionado a la morcilla corría el riesgo de pasar del empacho a la adicción: “La transición del cocido a la morfina suele ser demasiado brusca en nuestro medio social para que se opere sin grandes trastornos. En Madrid no hay gradación, no hay escala, no hay asomo de proceso evolutivo entre el garbanzo substancioso y la droga perversa. Del fogón nuestras chicas pasan en veinticuatro horas al cabaret”.

Treinta años más tarde, la muerte de Franco permitió que la fabada conviviera con la heroína. Esto no significa que el mundo de peineta y turrón fuera superior a la “movida madrileña”. Sencillamente, con la libertad llegaron opciones que antes se ignoraban.

El inmenso talento literario de Camba no lo privaba de ser tradicionalista. Defendía el toreo a capa y espada, vaticinaba que el vegetarianismo terminaría con la civilización y desconfiaba de la anestesia, que fomentaba las operaciones y la aparición de “vedettes del bisturí”. En su opinión, el carácter rotundo de los españoles llevaba a buscar cosas demasiado distintas. Y, ciertamente, España ha dado sorpresas. En su calidad de sopa fría, el gazpacho parecía representar un límite infranqueable hasta que llegó la cocina molecular de Ferran Adriá. Esta modificación del gusto fue acompañada de otras: las mujeres de mantilla cedieron su sitio a las diosas del “destape” y las madres que no sabían nadar dieron a luz campeonas de nado sincronizado.

En materia histórica, la radicalidad que temía Camba ha provocado quebrantos en España, pero también transformaciones esenciales, como el tránsito incruento de la dictadura a la democracia.

En Anatomía de un instante Javier Cercas analiza una escena definitiva. El 23 de febrero de 1981 el guardia civil Antonio Tejero entró al Congreso y disparó para anunciar un golpe de Estado. Sólo tres personas no se tiraron al suelo: el Presidente, el ministro de Defensa y el líder del Partido Comunista. De acuerdo con Cercas, quienes mantuvieron la calma en forma insólita tenían algo en común: pertenecían a una categoría que Enzensberger llamó “héroes de la retirada”. Cada uno estaba dispuesto a desmontar los dogmas que los habían llevado ahí, a renunciar con oportuna valentía a sus idearios respectivos: la Falange, el Ejército y el comunismo.

México no ha tenido “héroes de la retirada”. Después de 71 años en el poder, el PRI perdió las elecciones y, sin pasar por la autocrítica, lo recuperó 12 años después. El resto de los partidos ha imitado sus tácticas clientelistas, sirviéndose de inagotables subterfugios para ejercer la corrupción desde los cargos públicos. Si algo queda claro es que la alternancia no ha acabado de suceder. Sólo cuando los ciudadanos puedan vigilar eficazmente a la clase política podremos hablar de otro sistema político.

Camba temía el cambio en un país que ama la contundencia. Nosotros enfrentamos el problema opuesto: vivimos en tránsito, sin llegar a la meta, nuestro destino está siempre en trámite. De la “revolución institucional” hemos pasado a la transición institucional. Hay elecciones vigiladas y tenemos leyes que invitan a la participación, pero los partidos y los espacios de gestión pública se encuentran secuestrados por los intermediarios. Padecemos, como ha dicho Mauricio Merino, la “democracia de los coyotes”. Definir nuestra democracia como “representativa” es una manera amable de decir que padecemos una simulación democrática.

España pasó del gazpacho al capuchino de liebre de Ferran Adri con la misma naturalidad con que pasó del franquismo a una democracia donde los ciudadanos pueden formar partidos políticos sin tener que sortear los obstáculos impuestos en México.

“Los alcaloides del opio son disolventes y aquí no hay nada que disolver”, opinó Camba. Se equivocaba. El futuro de España dependía de la disolución de un orden aberrante. El nuestro también.

Este artículo fue publicado en Reforma el 12 de mayo de 2017, agradecemos a Juan Villoro su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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