Esas cortinas doradas

Hace ya seis semanas que el aprendiz de Hombre Más Poderoso del Mundo tiene al mundo de público cautivo de una comedia atroz cuyas ínfulas épicas la hacen aún más jocosa y descabellada. Día tras día echamos un nuevo ojo al libreto y confirmamos que es del todo inverosímil. Pobre de aquel guionista que en otro tiempo osara imaginar semejante cadena de disparates y despropósitos, pero en la realidad el primer borrador es la versión final: por burda o chapucera que parezca, no depende de nuestra aprobación. Peor todavía, exige nuestro crédito.

Debe de ser un brete intentar ejercer de analista político en los tiempos de Trump. Frente un margen tan ancho de especulación, donde lo irracional es moneda corriente y la exageración se ha vuelto rutinaria, el mero intento de ordenar las ideas es una invitación al desconcierto. ¿Qué tiene de especial, a estas honduras, que los comentaristas más agudos del momento sean los comediantes profesionales, si a todas luces cuentan con la invaluable ayuda de los protagonistas originales? Nunca estuvo tan cerca la realidad de sus parodiadores, se diría que la mejor caricatura de Donald Trump y sus oficiosos acólitos es la repetición instantánea. Pontifican, reculan, balbucean, enfurecen, trastabillan, y al final el libreto se escribe solo.

Cada noche, entre lunes y jueves, Seth Meyers —anfitrión del programa Late Night de NBC— y su equipo pasan revista a la agenda trumpiana, para delicia de un teleauditorio que se debate entre risa y azoro. Los dislates seriales de la cuadrilla, dignos de un episodio de Los tres chiflados, por sí mismos apelan al ingenio de quien conserva alguna sensatez. Si en el resto del mundo la amenaza trumpiana es motivo de miedo, entre sus compatriotas son mayoría los avergonzados y no hay como la risa para pintar su raya ante el sainete.

En lo que a mí respecta, empiezo a carcajearme desde el primer momento en que aparecen las cortinas doradas del Salón Oval. Una decoración que ya era odiosa en tiempos de Robespierre y hoy sólo halla cabida en las fantasías guajiras de los trepadores. “Payos”, solía llamárseles, antes de que su ejemplo permeara entre narcisos, paletos, currutacos y brutos engominados. Gente cuya autoestima se alimenta de la envidia que está segura de causarnos, pese a las evidencias que ocurren día a día a sus espaldas. La elegancia a la Trump es el protagonismo del mal gusto, ahí donde hasta la ducha ha de ser de oro y la decoración evoca en su conjunto los lujos estridentes del padrote. Tal es la fortaleza del payo adinerado: nadie puede frenarle, nada le da vergüenza.

Mas no sólo de risas se alimenta el libreto. Ahora mismo, una trama de espías salpica las cortinas brillositas del Comandante en Jefe, cuyos secuaces próximos son asimismo leales a diversos esbirros del presidente Putin: ese otro payo zafio adherido al espejo. Insisto, el argumento es una basura, pero ayuda saber qué ocurre de verdad. Parece un chiste malo que el fiscal general del nuevo mandatario mienta frente a las cámaras con el candor de un niño de seis años, y más absurdo aún es que siga en su puesto un minuto después de tamaña abyección. La clase de argumento que uno creía probable bajo la bota de Robert Mugabe, Daniel Ortega o Nicolás Maduro, pero jamás en Washington y con esas cortinas.

La arrogancia no tiene sentido del humor. Una limitación que la hace aún más frágil ante sus detractores, cuyas risas la siguen hasta sus pesadillas. Otros, en sus emporios bananeros, acaban con el chiste de un plumazo, pero al hombre de las cortinas de oro no le alcanza el poder para poner un alto a las risotadas. Debe de ser terrible tomarse muy en serio en medio de la burla general, ¿pero cómo no hacerlo cuando el paisaje abunda en vivos dorados, desbordantes de pompa y circunstancia? Parecería una broma, y con toda certeza lo desvela, que el poder planetario del presidente Trump no alcance para callar a sus críticos, ni detenga la risa a sus costillas, ni mitigue el ardor de su soberbia puesta en entredicho. La risa, por lo pronto, es más fuerte que él. Aunque no sea dorada.

Le gusta a uno pensar que hasta la megalomanía más insensata debe tener sus límites, pero no hay garantías al respecto. Hoy tapiza la casa de cortinas doradas, cualquier día despierta decidida a bañar en oro la fachada. Conforta, sin embargo, recordar que aquel payo está en guerra contra la inteligencia. De otro modo no daría tanta risa, como suele ocurrirle al mal gusto cuando le entran los aires de grandeza. Ese alegre momento en el que los presentes intercambian codazos y miradas sarcásticas que el vanidoso entiende como envidia y se parecen más a la piedad callada que con frecuencia inspira un diente de oro.

Este artículo fue publicado en Milenio el 4 de marzo de 2017, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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