El parque

Ayer llegué a casa harto y cansado por el tráfico de la capital. En casa estaba una amiga de mi hermana con su pequeña hija, esta pequeña niña es un poco más chica que mi sobrina, la tremenda Renata. Mi sobrina le estaba dando unos buenos mazapanazos a la pequeñita, para terminar con esa paliza decidí llevar al parque a la pequeña Renis.
El nuevo horario es una maravilla para los pequeñines, a las 8 de la noche aún hay luz, para los más grandes no es tan agradable porque las cubitas no se antojan con la luz del día, la ingesta de alcohol (los fuertes, no las cheves) es como un crimen, debe hacerse de noche y con cómplices. Renata estaba sumamente feliz por la visita al parque que está a unas cuadras de nuestro hogar, yo estaba tenso porque nunca la había llevado solo a ningún lado, me daba temor perderla en el camino y llegar a casa sin bebé, me imagino que mi hermana me hubiera matado.
Para no perder a mi sobrina decidí llevármela de caballito, desde ese momento me empecé a percatar de lo maravilloso que son los niños. Desde que me convertí en equino y mi sobrina estuvo en todo lo alto, no dejó de sorprenderse por la majestuosidad de la luna, no dejó de decirme que viera la luna, se emocionó mucho al ver al gran astro en el cielo capitalino.
En el parque Renatita se volvió loca al ver la fuente, quería tocar el agua y mojarse, como tío responsable que soy no lo permití. Renata y yo no estábamos solos, nos acompañaba Woody de Toy Story, aunque más que vaquero parecía pirata (lo digo porque no era el original de Mattel). Renacuajo y Woody no dejaron de jugar en la resbaladilla y en el columpio, corrieron mucho y también gritaron, no escuché los gritos ni las palabras del vaquero-pirata pero estoy seguro que mi sobrina si no hizo. La noche llegó y el frio se hizo presente, regresamos a casa, nuevamente me convertí en cuaco. Llegamos sanos.
No sé en qué momento perdemos la capacidad de asombrarnos por la belleza de la luna o por el agua que danza en una fuente. No sé en qué momento nos importa que las cosas sean de marca y originales. No sé en qué momento dejamos de hablar con los muñecos o con nuestros amigos imaginarios. No sé en qué momento nos importa correr y ensuciarnos en el parque. No sé en qué momento dejamos de sonreir.
Creo que a veces nos perdemos en cuestiones irrelevantes como el dinero y los bienes materiales, a veces nos preocupamos en tener cuando se puede ser muy feliz en un parque con un helado y tu sobrina de 2 años.
Gracias Renata, gracias por hacerme voltear a ver la luna.

Saludos intergalácticos.

Escrito el 4 de abril de 2012

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