Palabra de apestado

“Dime con quién andas… y te diré a qué apestas”, tendría que rezar el viejo adagio, cuya función consiste en distinguir al apestado de la gente de bien. Se dice con aplomo malicioso, dando entender que nuestro fino olfato no requiere de pruebas concluyentes para dictar condenas terminantes a partir de sospechas incipientes. ¡Sin miedo a equivocarse, cómo no! ¿Quién le cree a un apestado, finalmente?

Mal podría uno decir en estos tiempos que no conoce el pavor al contagio. Hace menos de un año todavía éramos víctimas constantes de aquella incertidumbre sanitaria que abominaba del contacto humano. La gente se miraba con una rara mezcla de suspicacia, premura y grima que no sabía evitar la mezquindad propia de la obsesión por la supervivencia. Bastaba, pues, con que se te escapara un mínimo tosido para que ni tapándote la boca pudieras escapar al pelotón de ojos de pistola que de un instante a otro te apuntaban. Y si tenías catarro, ya podías irte inventando una indigestión para evitar que cundiera el horror. O, más exactamente, para ahorrarte la pena de compartir la suerte de tantos apestados de ocasión.

Poco trabajo cuesta convencer a la gente buena y sana de que se aleje de los apestados, y apenas toma tiempo para que éstos dejen de ser contados como gente. Por eso con frecuencia se les mira sesgado, eludiendo el probable contacto visual y con él la empatía natural que en otras circunstancias le acompañaría. Pues no sólo tememos que nos contagien, sino que se nos vea cerca de ellos, y entonces se nos dé por intocables. Si las bestias pudieran expresarse, hablarían horrores del trato lacerante que los seres humanos saben infligir a quienes no consideran congéneres.

Recuerdo, de los tiempos prepúberes, al líder bravucón de mi pandilla. No podías pelearte con él sin poner en tu contra a todos los demás, que en cuestión de segundos te retiraban palabra y saludo. “Aquí apesta”, gruñía el mandamás, si acaso te acercabas, y los otros entonces daban la media vuelta. Pues en caso contrario se arriesgaban a merecer idénticos desdenes y repulsas y quedar apestados como tú. “Son iguales”, dirían, con esa suerte de repulsión coral que arrima y galvaniza a la manada.

Hoy la peste social crece exponencialmente, al parejo del odio a lo distinto. No nada más se excluye a quien difiere, sino también a amigos y parientes, que sin duda serán iguales o peores. Porque el asco y el miedo nunca dudan, menos aún el odio: sentimientos muy dados a apretar el gatillo sin usar la mira. Tal como los fanáticos de un equipo de soccer afirman que no existe gente peor que los seguidores del equipo contrario, los soberbios morales de esta época no necesitan más que un par de referencias circunstanciales para dictaminar si Mengano o Zutana merecen su respeto o su abominación. Vale decir, si son o no personas.

¿Quién son tus amigos? ¿Para quién trabajas? ¿En qué colonia vives? ¿A qué columnistas lees? ¿Quién diría que preguntas como éstas, propias de un club social discriminante o un colegio de estrictas normas religiosas, servirían para hacer –ya entrado el siglo XXI, sin el modesto apoyo de la experiencia– de un hijo de vecino un apestado? Hoy día se nos censura por causas tan idiotas como tener un coche, igual que hace unos años se despreciaba a otros por carecer de él. Nos decimos abiertos y cosmopolitas, pero igual nos rendimos a una moral de pueblo miserable donde el menor descuido de las formas conduce a la exclusión y el menosprecio, cuando no a la aversión fanatizada.

Una de las funciones de la lepra social consiste en suprimir empatía y piedad hacia los apestados y quienes les rodean. La idea es que los veas y te apartes, como a un virus con patas y malas intenciones, si aún pretendes pasar ser gente de bien y sabes cuándo toca taparse la nariz. Y también si no quieres despertar apestando a distinto entre los enemigos de la libertad. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 14 de enero de 2023, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://elpais.com/mexico/2022-12-13/lopez-gatell-confirma-que-mexico-entra-en-la-sexta-ola-de-covid-con-seis-semanas-de-incremento-de-casos.html

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