Basiliscos a ultranza

Uno diría que el mundo se nos llena de ultras, pero hay que recordar que suelen ser ruidosos y odian, por sobre todas las cosas, la prudencia. Vale decir que bastan cinco ultras furibundos para sembrar terror entre un millar de personas sensatas; o al revés, convertirlas a la insensatez en virtud del efecto estupidizante que la ponzoña tiene sobre los gentíos. No nos extrañe, entonces, que los ultras se sientan mayoría, si uno de sus orgullos más conspicuos consiste en no contar a quien han decidido que no lo merece.

Según el diccionario de María Moliner, que algo sabía de extremos y terror, ultra es aquel que busca ir más allá —a ultramar, a ultratumba, adonde sólo van los más bragados—, por ello no son pocos los intolerantes que se buscan la fama de atrevidos con tal de rebasar a los demás, desdeñar el peligro, ignorar los escrúpulos, singularizarse. No es que sea muy difícil, basta con exhibir una cabeza dura a prueba de razones y exigir lo imposible en cualquier situación. ¿Quién, que se precie de ultra, está abierto a cambiar de parecer, como no sea para hacerlo más drástico? ¿Quién podría razonar con un ultramontano?

El ultra quiere —traduciendo: requiere— ir siempre más allá porque algo no funciona de su lado y, puritano al fin, se le queman las habas por remediar sus fallas y mezquindades en la persona de sus enemigos. Así disfruta más de la derrota ajena que de los propios triunfos, por cuanto aquella invita a ir más allá en la burla y la crueldad. Se queja ciertamente de padecer desprecios incontables, pero igual los inflige con un placer que a leguas se adivina sensual. Porque los ultras miden con dos varas, y la que a ellos les toca es harto permisiva.

Los ultras son los ávidos perpetuos. Sienten la obligación moral —esto es, el compromiso con su imagen— de gritar más que nadie y antes que cualquiera, y si hubiera una duda sólo ellos tendrán la última palabra. Suena machista y lo es, de ahí que hagan pasar por dones sus carencias y confundan audacia con pandillerismo, miedo con ufanía, envidia con desprecio, disenso con ofensa. Los ultras necesitan de la guerra para darle coartadas a sus fobias y combustible a su resentimiento. No es que se sientan más, es que se temen menos y tienen sed de hogueras.

Los ultras aborrecen a los otros por la misma razón que el aristócrata pinta una raya enfrente de la plebe: no soporta la idea de ser tan ordinario y anodino como quizá sospecha su conciencia. Le hace falta ser “alguien” para quitarse el complejo de “nadie” que hoy le tiene gritando lo que nunca ha pensado, porque si piensa mucho puede que le entren dudas, y en el caso de un ultra las dudas son enemas de por sí deshonrosos para un esfínter que se dice puro. No le cabe ninguna, por supuesto. Negociar, a sus ojos bravucones, es ser sodomizado frente al mundo.

Los ultras necesitan que creamos en su ya proverbial desinterés, pero a menudo el ego les delata. Saben muy en el fondo que no saben ni dónde están parados, si bien ya un narcisismo de paracaidista les convenció de hallarse por encima y al margen de los mortales. ¿Y cómo no, si habitan el más allá? Lo suyo es una fuga hacia adelante que acusa alguna cierta vergüenza original y pide a gritos el respeto ajeno, así sea por la vía del miedo. Cobarde: he ahí el insulto que ningún ultra dejará pasar.

Se reproduce el ultra por contagio. Una vez que cediste a su gritería y le respondes con las mismas armas, claramente has saltado a sus dominios, donde seguramente caerás en cuanta trampa te prepare, porque a lo suyo no vas a ganarle. Ir más allá del odio, y luego del abuso, y al fin de la crueldad: everyday business en la vida de un ultra.

Este artículo fue publicado en Milenio el 10 de septiembre de 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.farodevigo.es/celta-de-vigo/2022/04/03/enfrentamientos-ultras-aficionados-celta-real-64574358.html

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