Grifos pero honrados

Y usted… ¿para qué quiere la mariguana? The Green Doctors, se llamaba esa suerte de consultorio médico en Venice Beach, Los Angeles, donde usted acudió, diez años atrás, a obtener su licencia para fumar mota. Más que un trámite o un examen médico, se trataba de una simulación. Había que llenar un cuestionario para certificar su buen estado físico, tras lo cual le tocó enfrentar al doctor: un viejo comprensivo y bonachón que le arrimó sin ganas el estetoscopio y a la sola mención de la palabra “nervios” le diagnosticó un cuadro de estrés agudo. Por lo cual de inmediato procedió a recetarle el consumo de tetrahidrocanabinol, en cualquiera de sus vías de administración. Una vez expedido el certificado (válido por tres meses en todo el estado de California), usted pagó 150 dólares y pudo dar el salto de paciente a cliente con la coartada de sus nervios de punta, como lo haría el niño que exhibe una dispensa del pediatra para faltar a clases.

Hoy la pregunta incómoda ha desaparecido y eso ha cambiado el juego para siempre. Por qué o para qué quiere lo que quiere el cliente ha dejado de ser asunto de las leyes. No es preciso apelar a farsas, montajes ni coartadas para legitimarse como consumidor y evitar el asedio policiaco. The Artist Tree, se llama la moderna tienda y cafetería donde usted pudo entrar con no más que una identificación. Nada muy diferente de una tienda Apple: entre luces y estantes de cristal y vinil multicolor, se exhibe un gran surtido de los mismos productos que adornan las pesquisas policiacas de este lado del río, sólo que empaquetados y clasificados de acuerdo a la potencia, los efectos, el precio y los orígenes de cada variedad. Churros, brownies, huatos, gomitas, diamantes, infusiones y toda clase de golosinas canábicas en empaques vistosos y atractivos.

Cabría decir que The Artist Tree (literalmente “El árbol artista”) asimismo funciona como fumadero, pero ya esta palabra cochambrosa remite a cuevas sucias y clandestinas que en nada se asemejan a la cafetería reluciente cuyos clientes comen, fuman o inhalan con la frescura de un comensal promedio. Puestos a comparar, estará usted de acuerdo en que las salas para fumadores de los aeropuertos son claramente inhóspitas e invitan de por sí a estigmatizar a quienes las frecuentan. No vayamos más lejos: si usted se compra un joint en cualquier tienda como The Artist Tree y decide prenderlo a media calle, difícilmente habrá quien se llame a sorpresa, pero saque un cigarro de tabaco y verá cuánta gente le echa ojos de pistola, si no de plano le arma un numerazo.

Ciertamente la idea de fumar, deglutir o inhalar mariguana con fines recreativos tiene connotaciones libertinas, como sería el caso de quienes nos invitan a “agarrar la jarra”, pero nunca he sabido de un pacheco, un borracho o un caliente que practiquen su vicio por causas de salud. Dudo, por otra parte, que al Estado, la sociedad o la familia les incumba con qué, con quién y cómo se recrea cada cual. Hay quien lo hace buscando santa paz, o disfrutar de alguna cierta música, o concebir ideas no necesariamente descabelladas, o simplemente escucharse a sí mismo. Las posibilidades son ilimitadas, pero llamar a cuentas a quien las explora pone su libertad en entredicho. La gente hace lo que hace porque quiere, punto.

Lo que al fin ha logrado la ley en California es librar al consumo de cannabis de la penalidad social que en casi todo el mundo le acompaña. Por extraño que suene el eco en su conciencia, usted ya forma parte del selecto club de los mariguanos de bien. Personas que trabajan, obedecen la ley y pagan sus impuestos —30 por ciento extra sobre el precio del cannabis legal—, sin tener que excusarse ni respaldar sus actos con justificaciones infantiles. ¿El paraíso? Por supuesto que no. La mayoría de edad, únicamente.

Este artículo fue publicado en Milenio el 03 de septiembre de 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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