Las esperanzas opiáceas

La voz inglesa “Hopium” no está en el diccionario. Es un acrónimo entre “esperanza” (hope) y “opio” (opium) y se aplica al optimismo gratuito. Alimentamos esperanzas opiáceas cuando damos un triunfo por inminente sin la menor evidencia al respecto, y en ciertos casos pese a las evidencias. Valga decir, se da uno cuerda solo. Y esas cosas envician. Una de las escasas ventajas del adicto consiste en percibir la realidad a la medida exacta de su bienestar. Que el cerebro te cante lo que quieres oír y te oculte lo incómodo debajo del tapete: donde se incuba el germen de la autodestrucción.

Tras seis meses de vileza infructuosa, hoy se sabe que la invasión rusa en Ucrania es resultado de esperanzas opiáceas, sustentadas por tantos proveedores como subordinados tiene el mandamás. El destino del súbdito oficioso de un poder absoluto es despertar convertido en esbirro. A un dictador no se le lleva la contraria, y menos se le dan malas noticias, sin arriesgarse a caer de su gracia. Debió de ser por esta clase de consideraciones que los agentes del Servicio Federal de Seguridad ruso destacados en Kiev prefirieron pecar de candidez antes que contrariar al Alto Mando. ¿Pues quién de ellos habría soñado en atreverse a firmar un informe susceptible de ser calificado por los jefes, los jefes de los jefes o el Jefazo de todos como “derrotista”?

Cuentan que los soldados ucranianos encontraron en varios vehículos rusos uniformes de gala para un desfile que ya no ocurrió. ¿Cómo, si no al cobijo de esperanzas opiáceas, esperaban los despistados invasores que se les recibiera con fanfarrias? Pero el problema va mucho más lejos, puesto que el poderío del ejército ruso había sido estimado a partir de esas mismas delusiones. Para una fuerza armada famosa por corrupta, tener que ir a la guerra significa dejar al descubierto su inoperancia. Si Napoleón decía que la moral de la tropa cuenta tres veces más que su estado físico, se entiende que el ejército invasor sea el hazmerreír de los estrategas. Hambreados, mal vestidos, peor pertrechados y nada motivados, la mayor parte de los soldados rusos compra los uniformes de su bolsillo e ignora bien a bien por qué pelea.

Claro que hay de milicias a milicias. Los oficiales viven esperanzados no en conquistar Ucrania, sino en hacer dinero a como dé lugar, saqueando hasta a sus propios compañeros. Y por si hiciera falta la crueldad, están los miembros del Grupo Wagner: una fuerza paramilitar y terrorista integrada por mercenarios que ganan cuatro mil dólares por mes, entrenados en las instalaciones del Ministerio de Defensa ruso, aunque en éste se niega su existencia. Se calcula hasta hoy, conservadoramente, que entre los veinte mil invasores muertos debe de haber al menos cinco mil mercenarios. Y como éstos comienzan a escasear, actualmente están siendo reclutados entre los criminales más siniestros de las prisiones rusas: se les ofrece indulto presidencial a cambio de salir a matar ucranianos.

A decir del esperanzado Sergei Shoigu, ministro de Defensa, el pueblo ruso tiene “una capacidad ilimitada de sufrimiento”. Igual pensaba Stalin, para el caso. Los psicópatas se las dan de estoicos cuando se trata del dolor ajeno. Y lo mismo sucede con los zalameros: nada les frena para dar la razón a quien la contradice y desafía, con tal de no caerse del escalafón. Ya sea por el miedo o la avidez, la moneda corriente es la mentira y el optimismo nace del autoengaño. Cuando todo un país funciona de este modo, vale creer que su futuro entero se sustenta en absurdas esperanzas opiáceas.

No hay tirano que no las favorezca. Son como un fajo de billetes falsos que incontables vivales se pelean por canjear, a sabiendas de su nulo valor. Puede uno presumirlos, para hacerse envidiar y respetar, pero al fin es rehén de su propia mentira: los soñados laureles no eran más que amapolas. Hora de acreditar las evidencias. 

Este artículo fue publicado en Milenio el 20 de agosto de 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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