«Nosotras» somos todos

Una de mis primeras actividades del viernes consiste en devorar la columna de Enrique Serna, en estas mismas páginas. En la entrega de ayer, el autor de Señorita México expuso sus Consejos para cambiar de sexo y no pude por menos de aplaudir. Ante la omnipresente gritería que invita a practicar la cirugía temprana, propone Serna el uso de la imaginación primero que el abuso del bisturí. ¡Ah, la imaginación! Un arma ya muy vieja entre quienes vivimos escribiendo novelas. No en balde ha sido Enrique la reina de belleza Selene Sepúlveda y yo la estafadora Violetta R. Schmidt, sin por ello dejar de ser quienes hasta ahora somos. Valga decir, sin renunciar a nada.

No escribe uno ficción para jugar a ser quien más quisiera, sino quien necesita, y para ello es preciso desafiar infinitos tabúes y caber en pellejos muy variados, no sólo de otro sexo sino de otras costumbres, latitudes, manías y creencias. Hay que entrar en la otra o en el otro, igual que en una suerte de cueva prodigiosa donde todo es posible y nada está vedado. Toca ser bandolero, prostituta, novicia, matasiete o madre de familia, hasta del último extremo que la ficción permite, por más que termine uno llorándole al psiquiatra.

“¿Quién soy yo?” no es la clase de pregunta que admite solamente una respuesta. Ya Rimbaud opinaba que “yo es otro” y Whitman confesaba contener multitudes, para más confusión de quienes parecieran comprometer su honor en ser siempre el mismito monigote, aunque en el fondo sepan que no es cierto. De ahí que en este mundo mentiroso tenga uno que valerse de la ficción para poder expresar la verdad, pues al cabo resulta que quienes alardean de ser ellos tienen tanto de ellas que invitan a la risa, y viceversa. Mi mujer, por ejemplo, nunca vio a mi mamá, pero igual la conoce muy de cerca por todo cuanto de ella queda en mí. Soy ella, en ocasiones, y mi abuela, y mi padre, y hasta los enemigos de los que algo aprendí. Todos a su manera caben dentro de un “yo” que es mucho más que únicamente yo.

Para hallar un lugar entre tantos pronombres no hace falta meterle bisturí al lenguaje hasta desfigurarlo. Como amante frecuente del idioma y entusiasta de la caballerosidad, encuentro preferible que se me incluya dentro de “nosotras” a entrar con calzador en “nosotres”, “nosotrxs” o alguna otra sandez equivalente. Porque el problema no está en la gramática, como en la certidumbre machista, vetusta e infantil de que es mejor ser hombre que mujer y ambas opciones son irreconciliables. ¿Cómo no ver detrás, agazapado, el miedo a cualquier clase de otredad, como en la beatería o el nacionalismo?

“Último vieja”, suelen gritar los niños al principio de una carrera, para después burlarse del más lento. ¿Y qué íbamos hacer los perezosos para librarnos de ese sambenito? Reírnos, por supuesto, y a veces suspirar por una escuela mixta donde hubiera algo más que mandriles gritones y timoratos. Tenía que ser más interesante la idea de jugar con las niñas a la comidita que correr a lo idiota para probar que no eres una de ellas. ¿Y no es cierto que al paso de los años tales temores no hacen sino crecer? Nadie que esté seguro de ser quien es necesita sentirse “muy hombre” o “muy mujer”: disparates afines, hijos de la zozobra identitaria y el horror a la exclusión social.

Destrozar las palabras sin cambiar las conciencias no mejora la comunicación, aunque sí nos sumerge en la mentira. Suelen ser los hipócritas y los impostores quienes se valen de palabras inocuas y retruécanos ñoños para disimular la realidad y exhibirse como buenas personas. Hijo de una mujer habituada a fajarse los pantalones siempre que un hombrezuelo la menospreciaba, no me tiembla la voz para reconocerme entre un nosotras con el que mucho gano e insisto: nada pierdo.

Este artículo fue publicado en Milenio el 09 de julio 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

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