Mariguana, S.A.

Reinó por muchos años el cliché de que la Acapulco Golden era la mejor mota de este mundo. Una creencia cándida y pueblerina, pues para sostenerla cabalmente había que dar vuelta al globo terráqueo para probar el resto de las cepas. Algo muy similar decían en Jamaica de su producto nacional verde, amén de numerosos países y regiones cuyos consumidores presumían esa misma sandez. ¿Cómo iba a debatirse o proponerse un estándar mundial de calidad en torno a una sustancia largamente prohibida y estigmatizada en todos los rincones del planeta? ¿Quién discrimina entre la mercancía que ha de comprar al margen de la ley, de manos de marchantes a los que poco o nada les preocupa la auténtica opinión de su clientela?

Recién se publicó en estas mismas páginas una nota de Laura Sánchez Ley según la cual la yerba mexicana ha ido perdiendo terreno aceleradamente en el mercado norteamericano, mismo que ha florecido en los últimos años merced a la gran ola legalizadora que permite a los nuevos productores cuidar la calidad de lo que venden, y de hecho incrementarla a niveles que hacen ver al cannabis mexicano como mera bazofia mareadora –salpicada de sangre, para colmo–.

Esta información viene nada menos que de la Drug Enforcement Administration, misma que “ya compró su primera cosecha de marihuana a la empresa Groff NA Hemplex, una compañía con la que en conjunto se dedicarán a realizar investigaciones con fines médicos”. Cabe creer que no sólo la DEA puede discriminar entre la calidad de uno y otro producto, sino asimismo el resto de los consumidores en los estados libres de persecución. Pues si antes eran todos clientes cautivos, hoy pueden elegir entre la enorme oferta a su disposición. Y si los productores de esas épocas debían vivir a salto de mata para eludir el infumable celo policiaco, amén de combatir a sangre y fuego a sus competidores, los de ahora son gente respetable que paga impuestos y busca la manera de abatir los costos, de modo que sus precios sean más atractivos para el consumidor.

También por estos días supimos de un sonado decomiso de drogas, ocurrido en el aeropuerto de Querétaro: quince sobres con brownies, cuatro frascos repletos de gomitas y otros tantos dulces de tamarindo confeccionados con aceite de tetrahidrocanabinol. Una noticia bufa cuya única revelación está en la candidez de quienes la generan. No hace falta comerse las gomitas de marras para ver a la gente del futuro riéndose a carcajadas de estos tiempos estúpidos, si el producto que en otras latitudes produce utilidades y abona al bien común, aquí es aún objeto de satanización, y ya la mera idea de comercializarlo legalmente escandaliza a las autoridades: gente preñada de prejuicios ideológicos que aborrece los éxitos ajenos y teme al libre mercado más que a las metralletas.

Sabemos que un producto es mejor que otro porque los hemos elegido y probado. Si el tequila no fuese legal, quien quisiera comprarlo tendría que negociar con criminales y conformarse con lo que le dieran, así fuera veneno, sin posibilidad de reclamar. ¿Quién, que tenga las riendas de un monopolio, habría de molestarse por ser competitivo, máxime si además tiene armas y matones para imponer sus leyes comerciales? No es prerrogativa del Estado decidir si está bien que tomemos tequila, y tampoco sería su función producirlo. De igual manera, el de la mariguana es un problema de mercado. Tiene que ver con el derecho de los ciudadanos a elegir las opciones que encuentren preferibles bajo la protección del Estado y sus leyes. De más está decir a este respecto que las leyes imbéciles, en su mafufo afán por negar la verdad que a diario las rebasa, no protegen a nadie.

No faltará quien grite que se trata de un tráfico inmoral, cual si la matachina entre la cual vivimos fuese una situación edificante. Inmoral es quitarnos el derecho a elegir, pero eso tiene fecha de caducidad. Ciudadanos al fin, terminaremos antes o después eligiendo lo que más nos convenga, aunque el poder opine de otro modo.

Este artículo fue publicado en Milenio el 28 de mayo 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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