Terapia de carnaval

“Será cosa de tres, máximo cuatro meses”, recuerdo haberle dicho a mi mujer cuando llegó la hora de resignarnos al confinamiento. “Yo ya tengo experiencia”, me gustaba alardear en un principio, tal vez no muy en serio pero tampoco demasiado en broma, pues al cabo el oficio de escribir tiende a ser buen amigo de la reclusión. Habituado a la culpa recurrente de cumplir sólo parte de su cuota de chamba, recibe uno el encierro como un regalo, asumiendo que pronto podrá ponerse al día y aun rebasar sus propias proyecciones. ¿Cómo lidiar, no obstante, con el inmenso hueco que día a día te marchita los ímpetus? ¿Cómo quieres cortar más madera que ayer, si ni siquiera has afilado el hacha?

A dos años de entonces, con tres vacunas dentro y un demonial de miedos embodegados, salimos a sacarle filo al hacha. Unos meses atrás, nos habían invitado al Carnaval Internacional de las Artes, en Barranquilla, y quisimos creer que para el fin de marzo la pandemia ya iría en retirada. Lejos de estar seguros de tal cosa, tomamos el avión a Panamá con la aprensión del oso que vuelve de un invierno de 24 meses. “El miedo devora el alma”, habría opinado Rainer Fassbinder de sólo vernos recorrer los pasillos. No me atrevía a decirlo, pero la madriguera me llamaba y estaba arrepentido de viajar (síntoma a mi entender inquívoco del daño que el encierro nos había hecho). No se es el mismo tras la reclusión, algo adentro se agita y se rebela cuando falta el calor del calabozo y hay que plantarle cara a la incertidumbre.

Dicen, quienes conocen de estos temas, que en Carnavales nada sale mal. Que el gentío se enciende y los astros se alínean para que todo ocurra de acuerdo a lo deseado. Que las penas se esfuman a la velocidad que triunfan los amores y sólo se le teme al final de la fiesta. ¿Pero cómo funciona un carnaval artístico que promueve además lectura y reflexión? Para entenderlo hay que ir a La Cueva: el legendario restaurante-bar donde García Márquez y sus amigotes solían celebrar noche a noche la escritura, el trago y la vida. Preservado a lo largo de casi setenta años del tiempo y la erosión de la memoria, el lugar atesora sus fantasmas y éstos son tan afectos a los libros como deudos del baile y la pachanga.

Los fantasmas brotaron ayer mismo, cuando al cineasta y guionista Rodrigo García Barcha le dio por evocar a sus papás, a partir del libro que recién publicó (Gabo Mercedes: Una despedida). “Mi madre me habría dicho ‘eres un chismoso’, pero luego habría hablado con sus amigas: ‘¿Ya viste que bonito lo que escribió Rodri?’”, confesaría el colombiano-mexicano a mitad de una de esas charlas tan sabrosas que invitan a abrazar al de la voz y empujarse un mojito a su salud. Varios mojitos después, hallábame de súbito bailando sobre el escenario con Paul Morocco y Olé: tres espléndidos músicos y clowns a los cuales se debe, entre infinitos méritos escénicos, la consigna “¡Sex, drugs and salsa!”.

Hoy que me tocó hablar ante el micrófono y dar la cara al público después de 27 meses de abstinencia —espoloneado por el ingenio en llamas de la novelista Margarita Posada— volví a probar, como diría el poeta, el olvidado asombro de estar vivos. Caí en la cuenta, al fin de nuestra charla, de que llevo dos días abrazando a personas que no conozco y hablando a puro grito y carcajada con gente de alegría felizmente viral. Se ha ido, mientras tanto, esa manía pútrida de perder el sosiego cuando alguien se quitaba el cubrebocas. Me crece a cambio la certeza vibrante de que soy persona y estoy más que podrido de vivir sin abrazos. Nunca nos dio el Covid en estos dos años, pero hasta ayer se fue la paranoia. Si me preguntan, creo que nos curamos. Y sí, señor, el hacha está filosa.

Este artículo fue publicado en Milenio el 26 de marzo 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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