De ciencia y apariencia

Uno siempre recuerda los momentos en que se vio tentado a corromperse. Hay quienes aseguran que no se percataron, que fueron pobres víctimas de su candor y no pudieron ver cuán chueco era el atajo que tomaban. Pero esas cosas no se ven, se huelen. Flota un tufo a podrido en el ambiente siempre que alguien pretende recompensarte por hacer mal aquello que en teoría sabes hacer bien. Lo piensas, por supuesto, y lo imaginas, pero tampoco es que lo consideres porque antes de eso tendrías que saltarte fronteras tan conspicuas como el respeto por tu propia persona. Es el problema con la dignidad: una vez que la vendes, no hay cómo recomprarla.

Suelo leer entre burla, repelús y espanto a algunos columnistas cuya necesidad de agradar al poder es tan escandalosa que vale preguntarse si en verdad sirve de algo a sus propósitos. Es seguro que no creen lo que dicen, y hasta cabe pensar que se permitan bromas privadas al respecto para restarle peso a una traición que quisieran secreta. ¿Cómo no traicionarte cuando escribes y firmas zalamerías que jamás has pensado seriamente pero ahora te resultan productivas? ¿Imaginas que los lectores más alertas no van a darse cuenta, o es que estás más a gusto con los atarantados? ¿Será que tanta fe le tienes al olvido?

Trata uno de entender la perdición ajena desde su perspectiva, pero no siempre alcanzan las alegorías. Imagino el infierno, por ejemplo, como un lugar donde te obligan a escribir día y noche discursos y sermones. La mera idea de entregar tu ciencia al servicio de una pura apariencia resulta espeluznante por donde la veas, pero eso es lo que esperan los políticos. Y si a uno le repugna la posibilidad de podrirse escribiendo palabrería barata al servicio de ambiciones ajenas, no quiero imaginar el papel de un doctor obligado a doblarse ante el poder y dar la espalda a sus conocimientos. Ahora bien, no hace falta imaginarlo. Ahí tenemos a Hugo López Gatell: el hombre que cambió ciencia por apariencia.

El personaje vive a la defensiva. Tampoco es para menos, luego de haber predicho, en el peor de los casos, menos de la décima parte de las muertes hasta hoy ocurridas en México por covid-19. Desde esa perspectiva, su trabajo es diez veces catastrófico, pero como no puede revertirlo se concentra en hacer lo que cree suyo, que es darle vuelta a nuestra percepción y hacernos ver las cosas según la conveniencia del poder. Sólo que trabajar para políticos no por fuerza te transforma en político; lo común es dejarte seducir por ellos hasta creer que de verdad te admiran y te necesitan, que el poder que te prestan es tuyo para siempre. Pero una cosa es ser útil, como las tuercas, y otra muy diferente ser indispensable.

Hemos visto al subsecretario de Salud infatuarse al extremo del desdén y la burla. Lo hemos oído decir ya no sólo mentiras estridentes, sino incluso sandeces dignas de sonrojar a un curandero con tal de hacerse fama de obediente. Poca ciencia se asoma a sus palabras, distraído como está en hacer su carrera política justamente a costillas de la medicina. Si los científicos del mundo entero dicen justo lo opuesto a sus palabras, López Gatell se escuda en la soberbia para minimizar cualquier diagnóstico que no venga en el guión al que obedece para poder cumplir con su papel de facilitador, no muy distinto al de aquellos doctores pagados por las compañías tabacaleras de los años sesenta para negar los daños del cigarro.

“Medicucho”, llama uno a aquel doctor que no supo curarle de sus males. ¿Pero cómo nombrar a aquél que hace carrera a costillas de cientos de miles de muertos y todavía hoy reniega de la evidencia científica en aras de un futuro dizque promisorio? Adjetivos aparte, el personaje es un gran perdedor. Del lugar donde está nadie regresa.

Este artículo fue publicado en Milenio el 15 de enero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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