Primero muerto que inmune

Once años atrás, en el principio del 2011, Novak Djokovic no llenaba los estadios. Se le veía en la Hisense Arena –por entonces el segundo escenario del Abierto Australiano– dejándose alentar por una barra brava de serbios patrioteros y exaltados que se hacían más notorios según proliferaban los lugares vacíos. Solían ser groseros, gritones y silvestres, para desmayo del resto del público y tácito respaldo del tenista, cuyos zapatos llevaban impresos los colores de la bandera serbia. Lo de ellos claramente no era gozar del tenis, ni siquiera entenderlo, sino verificar minuto tras minuto la superioridad del compatriota, y al cabo la de todos, sobre el resto del mundo.

No es gratuito que al extremo último de la polarización se le conozca como balcanización. El hoy tenista número uno del mundo creció entre bombardeos y cadáveres. Habituado a moverse con cautela de uno a otro refugio antiaéreo, solía pelotear en las paredes de una alberca vacía para no ser blanco de la metralla. De entonces para acá, la gesta del atleta ha consistido en privarse de todo lo que uno de su edad puede anhelar en el nombre del tenis. Para sus más ardientes compatriotas es un gran deportista, pero antes de eso un símbolo viviente. Aquel cuyas hazañas alimentan su orgullo pueblerino revestido de gloria nacional.

No es a costillas sólo de su niñez que el pequeño tenista se hace gladiador, pues tampoco hay espacio para que aprenda mucho de lo básico. Jamie Murray, campeón doblista y lector habitual, solía pitorrearse de la escasa cultura de su hermano Andy, al tanto sin embargo de que jamás podría jugar a su nivel. No se espera que Federer hable de libros, ni que Nadal se distraiga en política. Cuando un torneo termina, campeón y subcampeón son invitados a escenificar la misma retahíla de lugares comunes –nunca falta el del “sueño hecho realidad”–, generalmente en un inglés atropellado que sabe a formulario de cortesías y deja en los fanáticos la engañosa impresión de conocer al ídolo de cerca.

Pedirle a un deportista de alto rendimiento que se abstenga de ser supersticioso equivale a esperar que un soldado no rece en la trinchera. No menos complicado es que sus familiares y amigos –igual que sus altivos coterráneos– se conserven ecuánimes a pesar del tsunami de la fama. Entre más son los éxitos del crack, mayores son los riesgos de pensarse invencible en otros ámbitos. Pero ser ricos no los hace financieros, ni llevar una dieta los convierte en científicos. Tampoco sus cerebros veloces y acuciosos son una garantía contra la estupidez (y de ella deberían conservarse al pendiente, tomando en cuenta todas sus carencias).

“¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué a Nole?”, ha preguntado megáfono en mano Srdjan Djokovic, padre del tenista, a un gentío enardecido por la negativa del gobierno australiano a permitir que Nole juegue el Abierto sin vacunarse contra el Covid-19. “¡Porque nos odian!”, respondió la caterva. Y también: “¡Porque somos los mejores!” Ciertamente la plebe vocinglera tiene muy poco que perder con su apoyo a la irracionalidad –como no sea la vida, si es que en verdad rechazan al pinchazo– y es seguro que el Djokovic Mayor disfruta intensamente su papel de cheerleader con derechos. Lo ha comparado incluso con Jesucristo, en su afán de justificar lo injustificable y colgar en el pecho de su retoño las medallas de un defensor de la libertad. Libertad de contagio, habría que aclarar.

Cuenta Alexandr Solyenitzin en El pabellón del cáncer las penas de un burócrata privilegiado que debe convivir con los otros enfermos, bolcheviques o no, sin entender aún que no es la ideología sino la enfermedad lo que al fin le ha igualado con el pueblo. Por eso Novak Djokovic es el gran perdedor de este sainete. Ayer era el mejor de todos los tiempos y hoy se ha empeñado en ser uno más entre tantos palurdos y gaznápiros.

Este artículo fue publicado en Milenio el 08 de enero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

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