La maestra Pepita

Hoy quiero hablar de un tema en el que soy experto, y del cual sin embargo lo ignoro casi todo. Un asunto entrañable y al propio tiempo del dominio público, pues muy lejos estoy de verme a solas con estos recuerdos súbitamente vívidos, trémulos, acuciantes. No sé qué edad tendría por entonces, pero aún no pasaba del metro de estatura y todavía hoy tengo presente cuánto me atormentaba ese fastidio de ir dibujando letras de una en una. Son, evidentemente, escenas fraccionarias y borrosas, sensaciones fugaces y no obstante tan tercas que aquí siguen presentes como la imagen viva de Pepita Gomís: aquella veinteañera divertida y simpática que conducía el programa Telekínder.

La veíamos a diario, mi mamá y yo. Antes de eso recuerdo que íbamos de la mano a saludar a un changuito en su columpio, no lejos de la casa en San Ángel Inn. Volvíamos corriendo porque el programa empezaba temprano y yo no perdonaba los retardos. Una vez instalados frente a nuestra tele Admiral en blanco y negro, seguíamos los dos, escrupulosamente, cada una de las actividades del programa, para lo cual mi madre no escatimaba esfuerzos ni provisiones. Creo que era los jueves (¿o sería los lunes?) cuando tocaba galopar al parejo con los niños invitados al estudio de Televicentro, y como mi mamá me había comprado un “caballito” como los del programa, iba y venía yo por la recámara trotando a lomos de ese palo de escoba con rueditas que relinchaba dentro de mi cabeza para hacerme sentir fuerte, audaz y valiente (como era el caso de Pancho Pantera).

A saber cuántas veces lo habré visto, y de hecho no recuerdo ni el horario preciso de transmisión o el resto de los juegos que jugábamos, pero sé que nunca antes ni después viví de esa manera la televisión: hechizado y a mi modo seguro de estar un poco dentro del aparato, embelesado por aquel espejo que Pepita sacaba al final del programa para “ver” a los niños televidentes, al tiempo que iba mencionando sus nombres. Paty, Luchi, Juanito, Ricardito… Alzaba yo la frente, movía los brazos y brincoteaba frente al cinescopio, pero he aquí que Pepita no me nombraba, según mi madre porque éramos muchos escuincles brincones para tan poco espejo, así que cada tarde renacía la esperanza de hacerme ver aunque fuera una vez por mi querida maestra distante.

Dije que era un experto en este tema, aunque sólo en el campo de las sensaciones. No sabía yo entonces que Pepita Gomís estudiaba una maestría en Historia, ni que era esposa de un gran comediante, ni que vivían (apenas hoy me entero) entre mi casa y el columpio del changuito; bastaba con saberse entendido y atendido por ella, a una edad en que pocos adultos te ven —vamos, si es que te ven— como algo más que un moco en gestación. Me han dicho que los perros se perciben a sí mismos a través de la interacción con los humanos y algo no muy distinto nos ocurría entonces con los adultos: puedes mandar al cuerno a todos tus amiguitos, si alguno de los grandes te invita a jugar. Ergo, a existir. A menudo la infancia peca de áspera, cuando no abiertamente trágica y dolorosa, y en esas amarguras darías lo que fuera por tener un aliado entre los grandes. Una Pepita que te mire en su espejo.

¿Que si era linda? Juro que era hermosísima y no puedo negar que me enamoré de ella, con esa admiración sin condiciones que nace y crece en bosques encantados. Por otra parte, lo decía mi mamá: ¡Qué muchacha tan guapa!”. Aunque es cierto que nada me gustaba tanto como esa voz dulcísima que una tarde sin más dijo mi nombre y me puso a saltar encima de la cama. ¿Cómo supo ese nombre? ¿Cómo no iba a saberlo, si era mi miss?

Hace unos días que Pepita Gomís se fue de entre los vivos, pero aquí en mi cabeza sigue linda y vivísima. ¿Les conté que una vez me miró en su espejito?

Este artículo fue publicado en Milenio el 01 de enero 2022, agradecemos a Xavier Velasco su autorización para publicarlo en MEX APPEAL.

Foto:

https://www.unotv.com/entretenimiento/la-historia-de-pepita-gomis-pionera-de-la-television-educativa-en-mexico/

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